CARTA PASTORAL EN EL BICENTENARIO DE LA DIPUTACIÓN DE CASTRO BARROS

Pr

Queridos hermanos y hermanas

En esta provincia maravillosa, de montañas majestuosas y de extensos valles donde el verde de los cultivos se mezcla dolorosamente con la tierra árida y sedienta, Uds. me trasmiten de mil maneras su riqueza cultural e histórica, enmarcada en el Tinkunaco que nos enseña a asumir y superar los conflictos, confesando la fraternidad que nos entrega Jesús, nuestro Niño Alcalde, el Dios hecho Hombre.

El próximo 26 de enero se cumplirán doscientos años de la designación como diputado del sacerdote Pedro Ignacio de Castro Barros, representante de La Rioja ante la Asamblea del Año XIII. Y queremos recordarlo como se merece, viendo en él a un querido hijo de la Iglesia riojana, a un testigo de Jesucristo en nuestra tierra, en tiempos donde la libertad debía ser proclamada y defendida con todo el ser. Quisiera con esta pequeña carta pastoral contribuir modestamente en mi carácter de pastor de esta diócesis, rendirle homenaje y proponer la vigencia de su aporte.

He aquí al hombre

Nacido en Chuquis el 31 de julio de 1777, se formaría sucesivamente en Santiago del Estero y Córdoba, en cuya Universidad se graduó como doctor en Teología y de la cual sería rector (1821). En 1800 recibió la ordenación sacerdotal y pronto contribuiría valiosamente al mundo académico de entonces. Fue cura y vicario foráneo en nuestra provincia cuando dependía de la diócesis de Córdoba del Tucumán. Apoyó con entusiasmo la revolución de Mayo y el aniversario que nos convoca, nos revela a un Castro Barros identificado con su propia provincia y la causa de la independencia. Más tarde sería diputado por La Rioja ante el Congreso de Tucumán y en tal calidad sería uno de los suscriptores del Acta de Independencia. Si de Esquiú se ha dicho que fue “el predicador de la Constitución”, Castro Barros fue indudablemente “el predicador de la Independencia” honrándonos desde entonces como riojano y como sacerdote fiel. Más tarde participaría con entusiasmo del proceso de autonomía que culminaría en la separación de La Rioja de Córdoba.

Éstas son sus palabras al general Juan Facundo Quiroga en tiempos de intensas convulsiones sociales que atravesaron el país: “Haga callar toda pasión, desconfianza y resentimiento y conságrese solamente a la salud del pueblo que es la suprema ley”. Para expresar su identidad más honda de ciudadano, lejos de cualquier parcialidad contraria al bien común por el que se había jugado como sacerdote y hombre público manifestó rotundamente: “No he sido, ni soy, ni seré jamás monarquista, ni unitario, ni federal, sino sólo un patriota constitucional católico romano”.

Es elocuente su definición del compromiso vital de todo sacerdote con la vigencia de las instituciones de la democracia: “Cuánta verdad es que no se hallan reñidas, aun en un monje o religioso, las obligaciones de cristiano y ciudadano… por lo que estoy resuelto aún al sacrificio de la vida por coadyuvar a esta gran lid… por cuyo bien aún el morir es dulce”.

El encarcelamiento y el destierro no le impidieron seguir siendo un trabajador incansable del Reino de Dios. Así, lo vemos desempeñar su ministerio sacerdotal intensa y fecundamente en Uruguay  entre los años 1833 y 1840 y en Chile desde 1841, donde ejerció la docencia universitaria hasta su muerte en 1849.

Sus restos descansan al ingreso de nuestra Iglesia Catedral en un mausoleo que nos recuerda una vida total y absolutamente entregada al servicio de sus “dos Madres”, como él llamaba a la Iglesia y la Patria. En sus exequias dijo de él Mons. Joaquín Larraín Gandarillas, futuro arzobispo de Santiago: “Por la religión y la Patria trabajó en los púlpitos y en las tribunas políticas, en las conversaciones y en los escritos, en las meditaciones de la soledad y en los afanes de la vida activa. Baste lo dicho para poder proclamarlo uno de los primeros defensores de la libertad en América”.

 Contribución del sacerdote al mundo de la política

Muchas veces nos preguntamos acerca del ministerio sacerdotal y sus implicancias en la construcción de la comunidad política. Enseña el Concilio Vaticano II en la Constitución Presbyterorum ordinis, refiriéndose al ministerio sacerdotal: Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y por su ordenación, (…) no podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición (nro. 3)”. Para todo cristiano, y nosotros los sacerdotes no somos una excepción, la vivencia plena de los desafíos del Evangelio nos compromete con el bien común, la defensa de la vida y la dignidad de todos, especialmente el cuidado de los más pobres y excluidos. No pertenecer a partidos políticos o concurrir por cargos electivos o ejecutivos, no nos hace indiferentes o ausentes.

En tiempos de Castro Barros, la formación recibida por razón del sacerdocio, les había dado a muchos pastores de ese tiempo una aquilatada cultura general y más específicamente, en el campo de la filosofía política, imprescindible a la hora de poner los fundamentos de una nueva república. Numerosos sacerdotes ocuparon cargos representativos de naturaleza electiva. Baste repasar los nombres de las distintas asambleas y gobiernos patrios.

La misma Constitución Presbyterorum ordinis nos enseña al respecto: “Reconozcan y promuevan sinceramente los presbíteros la dignidad de los laicos y la suya propia, y el papel que desempeñan los laicos en la misión de la Iglesia. Respeten asimismo cuidadosamente la justa libertad que todos tienen en la ciudad terrestre. Escuchen con gusto a los seglares, considerando fraternalmente sus deseos y aceptando su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, a fin de poder reconocer juntamente con ellos los signos de los tiempos. “(nro. 9) Nuestro ministerio pastoral, ejercido con humildad y convicción, nos pide hoy contribuir en la formación de la conciencia de los cristianos, para que crezca el hombre nuevo, libre y responsable, testigo del Reino y piedra viva de una comunidad donde todos somos importantes.

A diferencia de la época de Castro Barros, el acceso a la educación, ampliamente garantizado en nuestro país, permite a numerosos jóvenes formarse en la especificidad que tiene la política. Es muy importante desarrollar en los cristianos que participan en nuestras parroquias, comunidades, instituciones y movimientos eclesiales, la vivencia vocacional de la ministerialidad en el mundo de la política a fin para contribuir con su servicio y donación generosa a la construcción de una patria más justa y más fraterna.

Lejos de estigmatizar a la política como algo que ensucia y nos priva de una vida honesta, se trata de descubrir su importancia y ennoblecerla con una mirada esperanzada, proponiendo en nuestros laicos la participación dando lo mejor de sí mismos, para hacer presente el Reino de Dios en la construcción de la comunidad. Como les decía hace poco, en el Mensaje al comienzo del año: A los ciudadanos que conformamos esta sociedad riojana, les pido que trabajemos con pasión y sin descanso por construir la amistad social y enriquecerla con nuestra participación activa allí donde estamos. No es justo mirar desde afuera y verlo todo mal sin jugarse de verdad y limpiamente por el bien común.”

 Palabras finales

Pedro Ignacio de Castro Barros sigue enseñándonos a la distancia, a mí como obispo, a los sacerdotes de hoy y a quienes se forman para serlo un día, pero también a los hombres públicos de La Rioja y de la Argentina, y a los ciudadanos en general. Pienso especialmente en nuestros jóvenes universitarios de La Rioja interesados en unir a su formación profesional un ideario encarnado en la realidad concreta que vivimos, con un fuerte compromiso social, y les propongo a Castro Barros como un argentino digno de ser conocido e imitado.

Agradezco a Alilo Ortiz por su entusiasmo y su generosidad. Sus estudios, reflexiones y contribuciones periodísticas me ayudaron a acercar a Castro Barros, cuya ejemplaridad lo hace valioso para todos los tiempos y todas las latitudes. Dios nos ha suscitado testigos de su talla, no sólo para el momento en que vivieron sino también para iluminar a modo de faros esta etapa de la historia que hoy debemos transitar nosotros.

La Rioja, enero de 2014

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

 

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