CARTA PASTORAL DE CUARESMA: Cristo pobre, nuestra riqueza y nuestra respuesta

              Grano de trigo que cae

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (Cfr. 2 Cor 8, 9)

Queridos hermanos y hermanas,

     Cada año, la Cuaresma nos ofrece una nueva oportunidad para vivir en clima penitencial nuestra preparación a la Pascua. Así comenzamos a transitar un tiempo de oración y de entrega confiada a Aquél que nos amó primero para poder darnos más plenamente a los hermanos.

     En primer lugar, deseo presentarles el Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2014 que busca ayudarnos a reflexionar en la perspectiva de la Encarnación de Cristo, la necesidad de nuestra propia conversión y la exigencia del testimonio evangélico de nuestra solidaridad con los que más sufren.

     El Papa Francisco nos explica el modo de revelarse de Cristo mediante la debilidad y la pobreza porque el amor divino es gracia, generosidad, deseo de proximidad que no duda en darse y sacrificarse.

La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros (…) ¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25 y siguientes). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios (Del Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014).

     Pero ese camino de Cristo no puede quedar como una mera evocación de la entrega de otro sino impulsarnos a dar también nuestros propios pasos, viviendo nosotros mismos el estilo de vida de Jesús y asegurando nuestra cercanía y solidaridad con los más pobres. Es una entrega en la autenticidad de la propia austeridad y pobreza e incluye también la consagración personal y comunitaria de la Iglesia a la lucha por la justicia y la plena dignidad de todos los hombres. La Cuaresma no sólo está para ser vivida en su dimensión íntima y personal. Como tiempo eclesial es una oportunidad también comunitaria para crecer y dejar hacer al Señor en nosotros.

     Con palabras sencillas nos pide el Papa que vivamos penitencialmente la Cuaresma, dando pasos concretos que signifiquen también nuestra solidaridad. Despojarnos de aquello que tenemos y que otro necesita es una expresión vital de cómo vivimos nuestra conversión a Jesucristo pobre.

La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele (Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014).

     Además de la caridad ejercitada en situaciones vitales que urgen nuestra respuesta inmediata ante la necesidad de un pobre, no podemos descuidar nuestro compromiso con la causa de la justicia, denunciando con nuestro mismo modo de ser las idolatrías que ofenden a Dios y dañar al hombre.

En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir (Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014).

     En segundo lugar, deseo que podamos concretar el mensaje del Papa, partiendo de nuestra realidad visible que golpea fuertemente nuestro corazón. Si bien hay planes y medidas de los distintos niveles de gobierno (nacional, provincial, municipal) que procuran salir al encuentro de los rostros de la pobreza, como comunidad cristiana no podemos ni debemos desentendernos.

     Ejemplos de esta respuesta no nos faltan. Esta mañana recibía en el obispado a un grupo de madres que enfrentan en soledad distintas problemáticas: el drama de la adicción de sus hijos, la pobreza generalizada de los niños de su barrio y el aislamiento en una de las pequeñas localidades en las afueras de nuestra ciudad. Se han organizado y en un salón comunitario de nuestra diócesis, venden pan, arreglan ropa, dan una merienda en sábado cuando los niños no van a la escuela y muchas veces no tienen nada preparado en su casa. Lo que recaudan en sus ventas magras y sacrificadas se distribuye para afrontar las distintas actividades, unidas en un único compromiso: luchar juntas para salir adelante y repechar la pobreza material con la dignidad del amor. Necesitan no sólo la harina y los demás insumos para preparar el pan sino una máquina de coser. ¿Podremos ayudarlas? El ejemplo que nos dan no sólo nos conmueve, sino que expresa de un modo visible la entrega encarnada de Jesús y compromete nuestra presencia eclesial creativa y generosa entre nuestros hermanos más pobres.

     Invito a nuestras comunidades, instituciones y movimientos eclesiales, a replantear en esta Cuaresma su propia cercanía al mundo de los más pobres a fin de estar presente entre ellos como Jesús, el buen samaritano que se hace cargo del hermano y se pone al hombro su dolor y necesidad. No obramos movidos por una respuesta de tipo teórica o alguna formulación ideológica sensible a las cuestiones sociales. Nuestra caridad se identifica con la atención misma de la persona del Señor, pobre y afligido por la ignominia humana, presente en el hermano que sufre cualquier forma de pobreza. Se alimenta con su Palabra y sus gestos de amor generoso hasta dar la vida.

     Queridos hermanos y hermanas, nos deseo una feliz Cuaresma, un tiempo de encuentro fuerte con Jesucristo, que asegure el espacio y la oportunidad para rezar, convertirnos y dar-darnos como miembros de la comunidad samaritana de Jesús, el Señor Crucificado que ha resucitado.  Los abrazo y bendigo en nombre de nuestro Buen Pastor. Que su Madre, también nuestra, nos dé el coraje de “hacer todo lo que Él diga” (Jn. 2,5)

La Rioja, 24 de febrero de 2014.-

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

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