Orientaciones pastorales para el Año Escolar en los Colegios Católicos de la Diócesis de La Rioja

Cristo y los pequeños 

  “No nos cansemos de hacer el bien porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos” (Gal. 6,9)

 Mis queridos hermanos y hermanas, directivos y docentes de los colegios católicos

     Cercano el comienzo del Año Escolar, quiero compartirles las presentes Orientaciones pastorales. En la perspectiva de la misión docente de la Iglesia, nuestra Diócesis forma a numerosos jóvenes de nuestra provincia y les participa de nuestro tesoro: la fe en Jesucristo, el Señor.

     Presentes en Aimogasta, Chamical, Chañar, La Rioja Capital, San Blas de los Sauces y Sañogasta, nuestros colegios están llamados a ofrecer a nuestros chicos el Evangelio de Jesucristo para encontrarlo, amarlo, y ser felices con Él.

     El horizonte más amplio de la educación católica, que le da su sentido más hondo es la Evangelización, la Buena Noticia del Reino de Dios. Un docente cristiano es, precisamente, un evangelizador y junto a los saberes que comunica, desea compartir con sus alumnos la fe que lo anima. Indudablemente nuestro modo de vivir constituye el anuncio más eficaz. Como evangelizadores, hablamos de Dios con nuestro testimonio de vida. En un mundo con pocos modelos válidos, los jóvenes buscan en sus docentes aquella fe, aquellos ideales y valores que les conquisten el corazón.

     Nuestra vocación docente, impulsada por el amor cristiano, encarnado y solidario, nos compromete en una interacción apasionante con el mundo infantil y juvenil. Dios nos invita a dar razones de nuestra esperanza en lo que somos y hacemos. Ayudados por el Papa Francisco y su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”, cuya lectura más detenida les recomiendo, les propongo algunas reflexiones inspiradas en el capítulo quinto de dicho documento denominado “Evangelizadores con Espíritu”.

1) Docentes abiertos al Espíritu Santo (Cfr. La alegría del evangelio, nn. 259-262)

     El Papa Francisco describe a los evangelizadores como personas abiertas a la acción del Espíritu Santo, de quien reciben la fuerza para anunciar a Jesucristo, inclusive a contracorriente, frente a propuestas educativas y culturales que buscan invalidarlo o excluirlo. Lo hacen no sólo de palabra sino con la propia vida, transfigurada en la presencia de Dios que le da su pleno sentido.

     Son personas que tienen una riqueza interior, una fuerza que le viene de motivaciones hondas que alientan su actuación personal y su inserción en la  comunidad educativa. Esa interioridad los lleva a dar de sí sin temor, con luces y sombras pero con ese “fuego sagrado” que tiene la auténtica vocación docente. Si solamente fuera una carga a cumplir, un trabajo fatigoso al que no le encontráramos aquella riqueza humana y divina que implica educar, tendríamos que preguntarnos qué nos está pasando, qué ha sido de nuestro ser docente y de nuestras vidas, consumidas entonces en el hastío y la incapacidad para hacerle lugar a Dios y a lo extraordinariamente cotidiano de su amor.

     Una mística de la educación requiere alimentarla con la Palabra de Dios, la oración, el cultivo de la vida Sacramental y la búsqueda diaria del querer de Dios para cada uno. Cansancio y dificultades no nos faltarán, pero con Dios siempre es posible animarse a dar lo mejor de nosotros mismos.

2) Con Jesús, formamos el hombre y la mujer nuevos (Cfr. La alegría del Evangelio, nn. 265-269 y n. 274)

     Jesús, con su vida y su Palabra, con su capacidad de empatía y de encuentro, nos forma en un amor solidario y cercano a la gente, incorporándonos a su proyecto educativo que no tiene fecha de vencimiento ni se consume tras las urgencias de las modas o los entusiasmos pasajeros o superficiales. Directo, frontal, accesible, Jesús nos invita a entregarnos así al pueblo al que pertenecemos, formando a sus hijos, futuros hacedores de la sociedad que pregonamos, fraterna, justa y solidaria.

     La vida de cada persona confiada a nuestra tarea es sagrada. No por su aspecto, ni por su condición social o su respuesta educativa, sino porque en cada ser humano resplandece la obra creadora del mismo Dios y en Cristo, hemos sido llamados a la fraternidad. Todos, especialmente aquellos niños y jóvenes que nos dan más dificultad, son destinatarios del proyecto educativo del Señor al cual nos sumamos, sin acepción de personas, sin prejuicios y sin discriminaciones.

     Les propongo que pongan especial cuidado en aquellos niños y jóvenes que atraviesen un momento difícil (separación o divorcio de sus padres, ensambles familiares, angustia económica, pérdida de algún ser querido, altibajos de rendimiento en materia de estudio, problemas de salud, etc.). En esos casos, sin perjuicio de las justas exigencias académicas, nuestra Iglesia presente a través de la escuela, más que nunca debe ser Casa de Todos. Eviten las expresiones, las generalizaciones injustas, los chistes o bromas hirientes. Sean discretos y absténganse de todo chisme o comentario indebido. Lo dicho respecto de los alumnos, vale para los compañeros de trabajo. La sacralidad de cada persona, imagen y semejanza de Dios, nos obliga a respetar y a amar con todo el corazón.  No somos una Iglesia que señala con el dedo, que habita el lugar fariseo de la vida sino que recibimos a todos aquellos que vienen a nosotros, como son, con su historia personal y familiar, con sus sueños y proyectos. Todos tienen derecho a que les demos lo mejor de nosotros mismos, discípulos misioneros de Aquel que nos amó primero.

3) Somos nuestra misión (Cfr. La alegría del evangelio, n. 273)

     Nuestra vida y nuestra misión docente constituyen una unidad indivisible. Somos la misión que ejercemos y vibramos con ella o no somos nosotros mismos y sólo desempeñamos roles o funciones exteriores, carentes de la profundidad con la que Dios nos ha invitado a vivir.

     Somos docentes siempre. Cuando planificamos, enseñamos, evaluamos, escuchamos una confidencia, asistimos a situaciones difíciles de nuestros alumnos, reprendemos para ayudarlos a crecer o trabajamos en equipo con nuestros compañeros, somos docentes. No nos contentemos con cumplir sin alma, sin pasión, sin el deseo de servir. Asumamos los desafíos de la formación permanente que nos invita a reconocer que la vida es camino y somos también peregrinos en las huellas del saber. Crecer en esta dimensión es vivir y dar vida nueva a nuestra misión.

Queridos docentes,

     ¡Buen comienzo del Año Lectivo! Dios bendiga a nuestras escuelas, a sus directivos, docentes, alumnos y personal no docente. Les permita también alcanzar con los frutos de su trabajo a las numerosas familias de todos los que conforman la comunidad educativa. A todos nos conceda amar y servir como lo hizo Jesús, el Maestro.

La Rioja, 25 de febrero de 2014

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

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