Carta pastoral de Pascua

“Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver…” (Hechos 10, 40)

Cristo el ungido del Padre

Mis queridos hermanos y hermanas,

     La Palabra del Señor fue preparando nuestro corazón en Cuaresma para llegar a Pascua con el corazón bien dispuesto, atento a la novedad que fundamenta nuestra vida creyente y nos urge a testimoniarla: ¡Cristo ha resucitado! “¡La muerte en vos no manda!” como rezamos felices en la Secuencia de Pascua. La victoria de Cristo nos alcanza. Las llagas y heridas de su cuerpo testimonian la crueldad de la Pasión, la intensidad de sus dolores, el precio pagado para salvarnos. Pero sobre todo, proclaman el triunfo de la vida. Nada ha podido con su amor crucificado y fiel: ¡La vida fue más fuerte!

     Desde la encarnación hasta su entrega definitiva en la Cruz, Cristo se comprometió con nosotros dignificando nuestra vida con sus gestos y enseñanzas, llamándonos a anunciarlo, a formar comunidades en torno a su Palabra, a servir sin exclusiones ni discriminaciones, inspirados en la centralidad de su presencia en el hermano.

Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres! (Papa Francisco, La alegría del Evangelio, n. 274).

     En este Año Catequístico diocesano, los invito a profundizar en nuestra condición de Iglesia de la Pascua, buena noticia para los hombres y las mujeres de La Rioja. Los laicos, religiosas, sacerdotes y obispos que nos precedieron sembraron generosamente nuestra historia eclesial con el testimonio de Cristo. Herederos de ese legado  apostólico, estamos atravesados por la exigencia de salir al encuentro de quienes no conocen aún al Señor y la urgencia de acompañar la vida de los más pobres.

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres (…) Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio, nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social. (Papa Francisco, La alegría del Evangelio, nn. 197 y 202)

     Florecen signos de la Pascua en nuestra diócesis: El comienzo de las actividades del Centro “Cura Brochero” para el discernimiento vocacional de quienes desean seguir a Cristo en el ministerio sacerdotal, el inicio del itinerario diocesano hacia el diaconado permanente, el fortalecimiento de nuestro andar en Cáritas y la Pastoral de la Salud, la renovación gradual de responsables y directivos de movimientos e instituciones, la Fazenda Esperanza con su servicio a quienes enfrentan y quieren salir de las adicciones, las iniciativas de la pastoral juvenil con encuentros que expresan su vitalidad, son algunos de esos signos.  Seguramente abundan otros muchos en nuestras parroquias y comunidades, en el testimonio silencioso y abnegado de tantos cristianos en su vida familiar y laboral, en la ciudad, en los Llanos, en la Costa y el Oeste riojano.

    Este tiempo de cuaresma estuvo signado por una serie de conflictos vinculados principalmente con el mundo de la educación, la atención de la salud y el cuidado del medio ambiente.

El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad (…) Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. « ¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9). Papa Francisco, La alegría del Evangelio,  nn. 226 y 227

     Interiorizarnos sobre los motivos de estos reclamos, ser solidarios con los que sufren y piden legítimamente su justa atención y solución, buscar con todas nuestras energías el diálogo y la creación de consensos sociales duraderos, constituyen actitudes pascuales imprescindibles de quienes somos discípulos del Resucitado.

     Les deseo una feliz Pascua a Uds., sus familias y comunidades. Que el Señor nos bendiga y regale la alegría de vivir a fondo nuestra condición de cristianos.

    Los abrazo en Jesús, nuestro hermano, el buen Pastor resucitado, en La Rioja, a los catorce días del mes de abril del año del Señor dos mil y catorce.

 

+ Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

 

 

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