Homilía en la Misa Crismal – Catedral de La Rioja (16 de abril de 2014)

Consagración Misa Crismal

Queridos hermanos y hermanas,

La Misa Crismal expresa la vitalidad de la Iglesia a través de la celebración de los signos de vida, en especial los sacramentos que comunican la voluntad de Dios que quiere la felicidad plena en el hombre.

Llegamos desde los distintos puntos geográficos de la Diócesis, con la alegría de reconocernos en la pertenencia común a la Iglesia y con el deseo de servir con todo nuestro ser a la extensión del Reino de Dios.

La Misa Crismal constituye así una fiesta de la comunión diocesana donde celebramos la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios. Los signos litúrgicos que distribuiremos, el óleo de los catecúmenos, el santo crisma y el óleo de los enfermos indican precisamente el deseo de la Iglesia de llegar a todos los hombres con la Vida que le viene de Dios. Significan el nacimiento en Cristo, la consagración para la misión bautismal y sacerdotal en las distintas comunidades, el fortalecimiento en el dolor y el sufrimiento.

En este Año Catequístico diocesano, destinado a profundizar en nuestra condición de testigos del Reino de Dios entre los hombres, los invito a vivir estrechamente unidos a Cristo, acompañando su servicio de Mesías-Salvador que se anonada para servirnos y darnos su vida, para vencer la muerte con su amor más fuerte.  La Pascua nos da la certeza de ese amor victorioso y fiel que no se queda en el fracaso de los “no se puede” humanos, sino que nos urge con el “todo es posible para Dios”.

Integran nuestro presbiterio los sacerdotes diocesanos y los sacerdotes religiosos, que manifiestan así la diversidad de vocaciones y la unidad de la misión de la Iglesia. En esta misa, renovarán sus promesas sacerdotales para expresar su deseo de servir al crecimiento del Pueblo de Dios.  Presiden las comunidades bajo la guía del obispo, enviados por Cristo, el buen Pastor, que los anima a conducir a sus hermanos en la vida de gracia, con el testimonio de su caridad pastoral. Reiterar esta entrega en forma pública, frente a la comunidad diocesana, renueva ese vínculo de amor y pertenencia. “Tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres” (Hebreos 5,1)  no podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición (Presbyterorum ordinis 3).

Pidamos al Señor que haga fecundas todas las iniciativas pastorales en favor de la evangelización de nuestro pueblo y multiplique la creatividad de nuestras parroquias y comunidades, para que muchos conozcan a Jesús, y conociéndolo, lo amen y lo sirvan en sus pobres y excluidos.

Este tiempo en que celebramos la Muerte y Resurrección de Cristo, estamos llamados a abrirnos a la misericordia de Dios, que quiere perdonarnos, especialmente a través de la reconciliación sacramental. En la Pascua, la  victoria del Señor nos hace fuertes con Él cuando cerramos nuestra vida al pecado, a la muerte, a la corrupción, a toda forma de violencia personal, social o de género, a toda discriminación que deja fuera de nuestro corazón a los hermanos especialmente a los más pobres, y a los que más nos necesitan.

Que nuestro compromiso con aquellos que la sociedad posterga, sea el signo eficaz de nuestra conversión pastoral y que nuestros dones y carismas personales puestos al servicio de la Vida nueva de nuestro Pueblo, testimonien la riqueza de la Pascua de Cristo que estamos celebrando, para gloria de Dios y para bien de todos los hombres.

Con el Papa Francisco volvamos los ojos a María. “Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes (…)Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo.” (Papa Francisco, La alegría del Evangelio n. 388).

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

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