HOMILÍA EN LA MISA EN HOMENAJE A MONS. ENRIQUE ANGELELLI. Catedral de La Rioja, Santuario de San Nicolás, 3 de julio de 2014

Angelelli 1976-2014

Mis queridos hermanos riojanos,

          Un 3 de julio de 1968, hace exactamente 46 años, Pablo VI nombraba a Enrique Angelelli, obispo de La Rioja. En esta providencial coincidencia,  mientras esperamos verdad y justicia, celebramos el sacrificio de Cristo y rendimos homenaje a quien fuera buen pastor de su pueblo.

 1. Justicia y bienaventuranzas para tener y dar vida.

La primera lectura enseña sencilla y enfáticamente, la importancia de la plena vigencia del derecho para el bien del pueblo. Aplicar la ley sin trampas ni sobornos ni acepción de personas, preserva la mirada límpida del juez y asegura la libertad y firmeza de su palabra para pronunciar una sentencia justa.

“Tu deber es buscar justicia, sólo justicia para que tengas vida y poseas la tierra que el Señor, tu Dios te da”. La persistencia del mal y la mentira hiere la dignidad humana y nos hace extranjeros en nuestra misma tierra. La justicia, en cambio, abre el camino de la vida y la plena posesión de los dones de Dios.

Invitados por Jesús a ser sal de la tierra y luz del mundo, las Bienaventuranzas iluminan nuestro camino con señales precisas para un modo nuevo de vivir y de vincularnos, a contracorriente de la iniquidad, la prepotencia, el hedonismo, el materialismo y toda forma de aprovechamiento de los demás. Estas Bienaventuranzas constituyen un programa de vida por el cual los hombres y mujeres de la Iglesia en La Rioja queremos optar decididamente, aquí y ahora, en fidelidad a la más pura tradición de la Iglesia.

 2. Enrique Angelelli, testigo de Jesucristo entre nosotros. 

Treinta y ocho años atrás, en estos mismos días, Enrique Angelelli padecía ataques e injustas acusaciones mientras se le impedía el libre ejercicio de su ministerio pastoral. No podía aceptar la sugerencia de tomar distancia, de cuidar su propio pellejo, de dejar a su rebaño. Presentía los peligros que se cernían sobre él pero obraba movido por el Evangelio de Jesucristo en su compromiso personal irrenunciable a favor de los hombres. Entrevió que las muertes de Gabriel, Carlos y Wenceslao preanunciaban la suya. Pero seguiría en la brecha, sosteniendo hasta el final el cayado de buen pastor.

Escuchemos al mismo Mons. Angelelli recorrer emocionado sus veinticinco años de ministerio sacerdotal, para entrar en la intimidad de su corazón y apreciar cabalmente sus gestos y palabras.

Mi vida fue como el arroyo…
anunciar el aleluya a los pobres
y pulirse en el interior;
canto rodado con el pueblo
y silencios de “encuentros”…
contigo… solo… Señor.
Mi vida fue como el sauzal…
pegadita junto al Río
para dar sombra nomás.
Mi vida fue como el camino…
pegadita al arenal
para que la transite la gente pensando:

“Hay que seguir andando nomás”.

Mi vida fue como el cardón…
sacudida por los vientos
y agarrada a Ti, Señor;
vigía en noches de estrellas
para susurrarle a cada hombre:
“Cuando la vida se esconde entre espinas,
siempre florece una flor”.
Mi vida canta hoy dichosa a Ti, Señor…
Es misterio que se hizo camino
ya andado un buen trecho, Señor…
Mesa que acoge y celebra
los racimos ya maduros
que tu Sangre fecundó.
Todo esto soy yo, Señor…
un poco de tierra y un Tabor,
veinticinco años de carne ungida
con un Cayado, un pueblo y una Misión.

Como cristianos no ansiamos venganza ni cultivamos el odio o el rencor. Plenamente identificados con los sentimientos de Cristo, esperamos justicia para que esta sociedad que conformamos conozca la verdad de cuanto aconteció aquella dramática tarde del 4 de agosto de 1976.  Dios conduce la historia y sabemos que siempre fracasan los intentos de los prepotentes que “matan el cuerpo pero no pueden matar el alma”. De Cristo resucitado hemos aprendido que la vida siempre tiene la última palabra.

 3. Portadores del proyecto de Dios para nuestro hoy riojano.

En esta evocación de Mons. Angelelli, podríamos correr el riesgo de desterrarlo al mármol. Nada nos alejaría más de quien, con plena conciencia de ser un humilde servidor, un enviado del Señor y su Iglesia,  sólo aceptó el camino de la encarnación para construir, entre los pobres, con los pobres, un tiempo nuevo para La Rioja.

Como Iglesia de La Rioja, queremos prolongar la misión de Jesucristo entre los hombres y transitar sin titubeos, por fidelidad al mismo Señor de la historia, aquellos caminos que Mons. Angelelli resueltamente propuso: La renovación eclesial como tarea pendiente para cada uno de nosotros; el servicio como contenido y como método de nuestra actuación pastoral de sacerdotes y consagrados, la opción preferencial por los pobres y excluidos, la conversión pastoral de nuestras instituciones, la búsqueda entre todos, de la voluntad de Dios para su Iglesia, “con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Estos aspectos de sustancial importancia que la vida y la entrega de Mons. Angelelli proclamaron proféticamente, constituyen para nosotros una herencia sagrada firmemente arraigada en Jesucristo.

También nuestra sociedad, aquí y ahora, está atravesada por la urgencia de responder desde ese magisterio tan actual y apremiante: La profundización de la cultura del encuentro y del trabajo, la renovación de la política; la atención a los grandes problemas sociales con vocación de afrontarlos más allá de intereses sectoriales o comportamientos clientelares, la protección de la vida en todas sus etapas y circunstancias, el cuidado del medio ambiente como casa común de todos los riojanos, de los que estamos y de los que vendrán.

Si hoy estuviera entre nosotros, en esta Rioja tan cambiada, me gustaría imaginarlo celebrándonos la misa bajo aquel mismo árbol de su tiempo que todavía lo evoca, o en el 4 de junio o el Nuevo Argentino más allá de la Ruta 38, peregrino junto a San Nicolás hacia Aicuña, Zapallar o Chilecito, compartiendo con pequeños productores rurales en Chepes o Ulapes, acampando entre jóvenes junto al Señor de la Peña, dialogando con los estudiantes que transitan nuestras aulas en la Universidad, profesorados y colegios, o con aquella serena firmeza suya ante quienes lo injuriaran o no quisieran escucharlo o ante esos medios cizañeros e interesados desinformadores. Pediría la reconciliación de aquellas comunidades que en estos últimos tiempos se han dividido gravemente y no aciertan a transitar el regreso al diálogo.

Portadores de la Buena Noticia de Jesús, mientras llega la aurora de la justicia, pidamos a San Nicolás, nuestro Padre y Patrón tutelar, para que interceda por nuestra fidelidad evangelizadora a aquella invitación de la Virgen en Caná, “hagan lo que Jesús les diga”.

 La Rioja, 3 de julio de 2014

 +Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

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