HOMILÍA EN LA MISA DEL DÍA DEL CATEQUISTA

2015-08 Día del catequista 2 2015-08 Día del catequista 3 2015-08 Día del catequista

Lecturas:         1° Lectura Rut 1,1.3-6.14b-16.22; Evangelio: Mateo 22, 34-40

 

Queridos amigos,

            ¡Qué bueno encontrarnos para celebrar juntos el Día del Catequista! Como Iglesia peregrina en La Rioja, esta misa constituye la oportunidad de compartir con el Señor y los hermanos catequistas nuestra acción de gracias por el llamado a ser mensajeros de un Dios compañero de los hombres, que nos da su Palabra, su Cuerpo y su Sangre, Dios de la Vida y de la Alianza.

           En la primera lectura,  el Libro de Rut nos habla de la fuerza de los vínculos que permanecen para nuestro bien. Rut acompaña el dolor y la soledad de su suegra y se anima a continuar junto a ella para ser su apoyo y respaldo. Los vínculos que construimos en la relación catequística no se limitan al período de tiempo de la preparación catequística para los sacramentos. La catequesis implica una relación que trasmite vida y por tanto se prolonga más allá de la recepción de un sacramento por parte del niño, joven o adulto que lo reciben. De alguna manera, un catequista entra en la vida y la familia de esa persona y siempre será importante para él. El catequista auténtico, de corazón, será un referente para quien ha recibido a través suyo el mensaje del Señor.

“Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior.” (Evangelii Gaudium, 268)

            Porque ser catequista constituye fundamentalmente una cuestión de amor. Un amor que nos da alegría y nos anima a ser fecundos, a alcanzar una relación profunda con cada persona con quien iniciamos el camino del anuncio del evangelio y con quien compartimos vitalmente  la doctrina cristiana.

            El corazón del Evangelio es el amor, amor a Dios con todo el ser, con toda nuestra vida. El amor a Dios nos ayuda a reconocernos parte de su inmensa y maravillosa familia, en la que todos y cada uno somos importantes, nos reconocemos hermanos y en la que Cristo nos invita a profundizar y crecer para que su amor exigente y fiel que nos ha creado, redimido e impulsado a la misión, nos haga también a nosotros dadores de vida.

    El amor a uno mismo de ninguna manera constituye una concesión a la autorreferencialidad, al narcisimo o al egoísmo. Amarse es amar la obra de Dios en nosotros, reconocer que nos ha dado la capacidad de encontrarlo y de celebrarlo como nuestro Señor. Por eso, de ese amor grande a la obra de Dios en nosotros surge nuestro amor a Dios en el hermano, en el prójimo.

        Amar al otro nos compromete a cuidar esta obra de Dios en él, nos hace sus socios en la siempre apremiante invitación a evangelizar ya que la catequesis nos invita a expresar concretamente ese amor. Como catequistas buscamos amar a quienes el Señor nos confía con un amor responsable, que cuida y profundiza por el bien del otro, en cuanto hace más feliz, más persona.

“Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida.” (Evangelii Gaudium, 274)

          En la medida que amamos a los niños, jóvenes y adultos que la Iglesia nos encomienda, seamos sanamente exigentes para que el tiempo que transcurre sea fecundo y comuniquemos en profundidad la riqueza del Evangelio. Debemos evitar aquellas actitudes paternalistas o absorbentes que son un obstáculo a la obra de Dios; nos toca buscar en todo el bien del hermano. Amar tiene sus exigencias y compromete nuestra creatividad para comunicar el amor de Dios con alegría, hondura y generosidad.

              En nombre de la Iglesia en La Rioja, quiero agradecerles el sí a Dios y a nuestro pueblo. No los mueve intereses personales ni económicos ni honoríficos. Fueron invitados a seguir al Señor como discípulos misioneros de su Palabra y le contestaron con la disponibilidad de la propia vida. ¡Muchas gracias! Dios haga fecunda su misión. Que nuestra comunidad los fortalezca y aliente para ser fieles a ella.

                Los abrazo y bendigo en Jesús, el buen Pastor, poniéndolos bajo la protección de su Madre Santísima, nuestra Señora del Valle.

La Rioja, 21 de agosto de 2015, Memoria litúrgica de San Pío X

+Marcelo Daniel Colombo,  Padre Obispo de La Rioja

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