Homilía de Enrique Angelelli. Primer domingo de Adviento C. La Rioja, 2 de Diciembre de 1973

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Enrique Angelelli.
Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 3, Pág. 210 s
La Rioja, 2 de Diciembre de 1973
Primer domingo de Adviento C

Amigos y Hermanos Radio Oyentes de L.V. 14.

Como les decía al comienzo de esta misa radial, hoy comienza un nuevo tiempo litúrgico; se llama Adviento. Porque todo el año cristiano está vivido en “tiempos”, centrados y dirigidos, todos ellos, en la Persona de Cristo ya sea como Cabeza de un Cuerpo y de un Pueblo Nuevo, ya sea como Cristo Total, que es la Iglesia. Estos tiempos son: este que comenzamos: Adviento; el tiempo de Navidad, el tiempo de Cuaresma – Semana Santa; el Tiempo Pascual, y el tiempo de Pentecostés.
Pero nos podemos preguntar: si Cristo ya vino al mundo, se hizo hombre, puso su “casa” entre la nuestra, en aquél primer Belén o primera Navidad; si Cristo murió y resucitó en aquella primera Semana Santa de Jerusalén; si Cristo fundó ya la Iglesia en aquel primer Pentecostés cuando estuvieron reunidos los apóstoles, con María en el Cenáculo, por qué seguimos diciendo que esperamos la venida de Cristo?
La respuesta es sencilla: Cristo seguirá viniendo hasta el fin del mundo, hasta que cada hombre y todos los hombres y pueblos le demos cabida a su Redención o Liberación que El nos trajo con su muerte y resurrección; hasta lograr en el mundo, pensemos en La Rioja y en nuestra Patria, se realice en nosotros el Reino de Cristo que es de: santidad, de verdad, de amor, de justicia y de paz. Hasta que penetre Cristo en nuestra inteligencia y en nuestros corazones, mejor, en nuestra vida personal y en la vida de cada pueblo, como penetra el aceite en la ropa o en una madera; hasta que la Vida de Dios, que es la Vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, crezca, madure y sea abundante en cada uno de nosotros y en toda una comunidad.
Por eso, comprenderán, que nunca acabaremos de prepararnos y de brindar acogida a Dios que irrumpe en nosotros, como personas y como pueblo, para que logremos realizar una verdadera familia fraternal y en estrecha comunión entre nosotros, a semejanza de la Familia Divina. Y nunca lograremos darle acogida a Dios, si no damos generosa acogida en nuestro corazón a nuestros hermanos. Por eso nunca podemos quedar inmovilizados, sino que estamos permanentemente llamados a “convertirnos cada día”; a actualizarnos permanentemente para no quedarnos envejecidos por dentro; nunca lograremos, suficientemente, desterrar de nosotros el egoísmo y la soberbia que llevamos dentro para que entre en nosotros el sentido del amor y de la fraternidad. Nunca la Iglesia podrá renunciar a ayudarnos a crecer en fraternidad, que es crecer en vida cristiana, porque Dios es Amor, con los criterios y con los medios divinos que Dios mismos nos ha regalado; nunca podrá renunciar la Iglesia acompañar al hombre en todo el recorrido de su vida, ya sea ella privada o pública; ya sea ella dedicada a la economía, a la política, a la cultura, al trabajo manual, a la oficina o al campo o al trabajo en una mina o cantera.
Siempre debemos estar vigilante para que la meta de que seamos: un pueblo santo, un pueblo sacerdotal, un pueblo profético, un pueblo fraternal, se vaya logrando, como verdaderos constructores de “paz”. Tomemos el ejemplo de lo que hacemos en el campo. Antes de sembrar preparamos y abonamos la tierra, al árbol y a todos los árboles frutales los acompañamos en todo su crecimiento; lo podamos en invierno y lo podamos en primavera para quitarle los gajos inútiles y secos o cortarles los gajos que se chupan la savia pero que no darán fruto. Tratamos de buscar los mejores medios para que los frutos sean maduros, ricos en su sabor y sanos por dentro. Tratamos de curar la planta para que no nos engañe una fruta hermosa por fuera pero embichada y podrida por dentro. Tratamos de que no se propaguen las plagas, porque destruirían toda la plantación y el esfuerzo de nuestro trabajo. Más aún, cuando la plaga destructora es grande, unimos los esfuerzos de todos para que no se propague más, porque sería lamentable el resultado si nos quedamos quietos y tranquilos, creyendo que ya pasará.

Este ejemplo que traemos del campo, nos ayudará a comprender mejor todo lo que significa vivir una preparación para una Navidad; para una celebración, alegre, esperanzada, fraternal de nuestras fiestas de San Nicolás. Así comprenderemos mejor, qué es vivir un Año Santo, que es un año de gracia especial de Dios; pechar juntos buscando la felicidad de todos. Tenemos que ir realizando en la vida de la Rioja lo que hacemos en nuestros campos; que cada mujer u hombre; que cada joven o anciano, que todos, como pueblo, seamos en la vida fruta madura, sana, rica en sabor y no agria y agusanada por dentro. Ustedes bien saben cómo podemos no ser esa fruta madura por dentro.
, alegrías profundas y sufrimientos profundos hemos vivido este año como pueblo. Pero la Semana que acabamos de vivir, pasará a la historia de La Rioja, como una semana única y privilegiada. El Santo Padre Pablo VI, en la persona de su Representante Mons. Zazpe, ha estado presente entre nosotros compartiendo con nosotros esas alegrías y esos sufrimientos. Es un hecho privilegiado como cristianos, como riojanos y como argentinos. Nos debe hacer reflexionar mucho durante este Adviento y en este Año Santo para sacarle todas las lecciones y decisiones que encierra. Las Fiestas de fin de año deben distinguirse por la recolección de los primeros frutos que el Señor, Nuestro Padre Dios espera de nosotros.
Y si nos alegramos por este privilegiado “paso del Señor” por La Rioja, también lo debemos decir, con pena, por cierto, por algunos gestos tan poco cristianos, responsables y hasta poco educados para con el Santo Padre en la persona de su legítimo enviado y representante Mons. Zazpe. Pero todo esto no empaña el importantísimo y singular hecho de una presencia Papal para La Rioja y para la Argentina. Y en este sentido, me permito hacer esta reflexión: creo que este hecho entraña un valiosísimo mensaje no sólo para La Rioja sino para todo el País. Visto y analizado desde la Fe y dentro del contexto histórico político en que vivimos los argentinos, nos debe hacer pensar y medir la responsabilidad que debemos asumir para el futuro, el hecho de que el Señor haya elegido a esta Provincia y a esta Diócesis, que por sus características está señalada como pobre, débil y necesitada en sus medios humanos, pero rica en su sabiduría de pueblo y en su contenido evangélico. Aparecen los signos de lo que muere y a la vez se dan ya los retoños de lo que nace, tiene pujanza de vida y mira el futuro de un pueblo que es elegido, no por los hombres sino por Dios para que aportemos lo que tanto necesita nuestra patria para que vivamos confraternizados y abiertos al mundo.
Este hecho nos llama a purificar la Fe y la “comunión” eclesial, para que seamos verdaderos testigos del Cristo de la Navidad. Todo esto nos obliga más a purificar nuestra fidelidad cristiana que no significa disminuir nuestra personalidad sino enriquecerla, enriqueciendo la vida y el sentido de todo un cuerpo eclesial. Todo esto nos llama a que purifiquemos todas las actitudes que reclaman, también, nuestra futura marcha con un mayor sentido de y desde el pueblo concreto de La Rioja, abierto a lo nacional y latinoamericano.
Amigos radio oyentes: y este hecho evangélico y singular que todos hemos vivido junto al Representante del Santo Padre, ha tenido como término de esta misión pontificia la ordenación sacerdotal de un joven diácono, Lorenzo González, en la ciudad de Chilecito. La ordenación sacerdotal que me tocó presidir, acompañado por Mons. Zazpe, 27 sacerdotes, religiosas y la participación de la comunidad chileciteña, nos sigue diciendo cómo el Señor acompaña a su pueblo haciendo florecer el sacerdocio de Cristo en la persona de Lorenzo, al servicio de esta comunidad diocesana. Este quinto sacerdote consagrado para La Rioja y ya próximos otros en preparación avanzada para su consagración, es un signo de fecundidad y de vida.
Por eso al despedir al Representante del Papa, le decía, entre otras cosas: llévale al Papa lo más importante que no pudiste escuchar: el silencio de los que no tienen “voz” para expresarse; los que están en los barrios de nuestra ciudad capital y los que están metidos en nuestros Llanos o entre los cerros del Velazco o del Famatina. Llévale el amor filial de toda la comunidad diocesana de La Rioja y la adhesión a la Cátedra de Maestro Universal de la Fe Católica. Llévale la voz de nuestra juventud, de nuestros niños, de nuestros hogares juntamente con la oración de nuestros enfermos y de nuestros ancianos.
Llévale el testimonio de gratitud a Dios por el presbiterio que tiene esta Diócesis, por el Cuerpo de Consagradas en la vida Religiosa y por su laicado que buscan con renovado esfuerzo testimoniar en la vida el Evangelio de Cristo. Llévale nuestra gratitud por todo lo que realizaron nuestros antepasados y predecesores, porque solamente así se hizo posible la opción evangélica de la pastoral diocesana de hoy.
Amigos: que María,en su Limpia y Pura Concepción, nos siga ayudando a no rechazar la Luz, que es Cristo, y a vivir este Adviento con espíritu de Año Santo.

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