Mons. Enrique Angelelli – 4to. Domingo de Adviento, Ciclo C

 

Virgen Madre

Enrique Angelelli,

Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba.  Tomo 3, Pág. 217 s

 

PRESENTACIÓN

            No disponemos de una homilía para este domingo IV, pero sí la transcripción de la homilía radial en vísperas de la Navidad, del mismo ciclo C, durante el año 1973. Las palabras de Mons. Angelelli nos preparan a la celebración de la Navidad, a la espiritualidad del gran acontecimiento de la Encarnación del Señor.

           

MENSAJE DE NAVIDAD

Mons. Enrique Angelelli, 23 de diciembre de 1973

 

            Ya nos estamos preparando para la Nochebuena, ya sentimos la alegría de la Navidad. Ya tenemos preparado el Pesebre en un rincón de la casa, en el patio o al pie de un árbol. Lo venimos preparando desde el primer domingo de “adviento”. Hoy hacemos el último día de la novena del Niño Jesús. Pareciera que todos sintiéramos la necesidad de ser más buenos; más hermanos; más amigos. Sentimos, también, que hay algo allá, dentro de nosotros, que no anda bien. Sentimos nostalgia de esa paz que cantaron los ángeles en Belén. Sentimos cansancio de todo lo que es mentira en la vida… casi no la podemos aguantar más. Sentimos necesidad de confesársela a ese Niño Dios para sentir su paz en nuestras conciencias y darnos un abrazo con los demás.

            Y… ese Niño Dios nos espera, porque si nosotros estamos preparando su venida, que es la Navidad, El espera nuestra llegada a ese Pesebre para un “encuentro” que solamente Dios lo sabe hacer con el hombre… ese hombre soy yo, mi amigo, es Ud…. es todo hombre de la condición social que sea.

            Y… junto a ese Pesebre ya se hizo un silencio… porque “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…” Allí, casi diría que se siente el ruido de ese silencio. Y una Mujer, María, está velando la nochebuena; junto a ella, José, varón justo y fiel… y unos animales que miran lo que está pasando en su propia casa… rumiando lo que comen… Allá… afuera… una noche estrellada… unos ángeles que cantan: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra Paz a los Hombres de corazón recto…” por los senderos del lugar vienen llegando unos pobres pastores que velan las ovejas durante la noche… Pareciera que no hubiese pasado nada… un pobre Niño acaba de nacer en una gruta que los pastores tienen para guarecerse  y guarecer a los animales. Y… allá lejos, la ciudad con su ruido y con “su vida”… no se ha dado cuenta que acaba de nacer el Salvador del mundo…, es que le faltaba el “silencio”… como si no hubiera pasado nada… no había lugar para este Mujer que estaba velando su maternidad ya próxima.

            Sentimos, cada año, la necesidad de volver a escuchar la narración evangélica del nacimiento de Cristo… de aquella Primera Navidad, es como si nos hiciera falta volver a escucharla y hacer un poco de silencio en nuestra vida… necesitamos que se nos vuelva a contar cómo nació el Salvador del mundo… Cristo Jesús, el Dios Vivo que se hace hombre… que pone su casa entre las nuestras…que comparte todo lo nuestro, menos el pecado… que quiere caminar con nosotros y hacer el mismo camino que hacemos los hombres para que no perdiéramos el rumbo que nos lleva a la Casa de nuestro Padre Dios.

            Y pareciera también que necesitamos además de que la narración del relato evangélico… hacer nosotros el Pesebre… nuestro pesebre… ese que ahora ustedes están preparando… con lo que tienen… pobre como aquel primer pesebre. Sentimos la necesidad de conocernos de rodillas junto a ese Niño Dios; mirarlo en silencio; mirarnos a nosotros mismos por dentro; sentimos la necesidad de contarle “muchas cosas”… todo eso que llevamos guardado en nuestro corazón; sentimos la necesidad de limpiar la mirada para ver con ojos más sencillos y serenos; para comprenderlo por qué nace Dios en un pesebre siendo el Creador y Señor del mundo; Señor de la vida y de la muerte, sentimos necesidad de purificar nuestra lengua y nuestro corazón para hablarle y contarle la vida nuestra… sentimos la necesidad de purificar nuestras manos para tocar esa carne humana, tierna como la de un niño, como la nuestra, que envuelve y vela la majestad de Dios. Sentimos que estamos ante la presencia de Dios, Vivo, entre nosotros, que hizo todo lo grande y lindo de la creación para que los hombres seamos felices y hermanos; sentimos que el Amor se hizo carne en ese Niño; que la Vida de Dios ya está entre nosotros; que la Paz se llama Cristo; que en ese Niño está la Luz del mundo; la fuerza de los hombres para construir un mundo más humano y por tanto más divino; que ese Niño es la Verdad y el Camino por donde todos tenemos que pasar para ser felices y glorificar con los ángeles y la creación a nuestro Padre Dios. Sentimos cada vez más la necesidad de silencio y apagar los ruidos, de adentro y de afuera de nosotros, para escuchar la Voz de Dios Padre que nos habla por su Hijo Jesucristo, recién nacido, envuelto en pañales y puesto en un pesebre donde comen y se guarecen los animales. Esta es la Navidad que ya estamos viviendo. Esta es la Nochebuena que estamos comenzando a velar este año “73”.

            Cuando todo guardaba un profundo silencio, al llegar la noche al centro de su carrera, tu omnipotente Palabra, bajó del cielo y el Verbo…

            Este es el Año Santo que queremos vivir; más que por la fiesta externa, por el cambio profundo que la Navidad supone, y exige, de cada hombre y de todos los hombres. Ya la  historia de los  hombres deberá ser interesada en esta clave, usando una imagen de la música; la clave es Cristo, el recién nacido en Belén.

            Cada hombre, cada hogar, cada pueblo debe ser un verdadero pesebre donde se lleve a cabo el gran encuentro de Cristo con nosotros los hombres. Aquí encontramos la Vida, la Paz, y la fraternidad que tanto necesitamos. Aquí encontraremos la necesidad de ser constructores de paz y felicidad para todos y entre todos; aquí aprenderemos a descubrir cuáles son los obstáculos que nos hace vivir desencontrados los hombres y hambrientos de paz y sentido verdaderamente cristiano de la vida.

            Amigos: este año, Dios mediante, celebré la Misa de Nochebuena en un apartado pueblo del oeste riojano, metido entre los cerros y perteneciente a la parroquia de Villa Unión; ese pueblo es Aicuña. Por eso quiero anticiparle mi Saludo Navideño a toda la diócesis. Este saludo llegue a las Autoridades en todos sus niveles; a todas las Comunidades Parroquiales de la Diócesis; a las Instituciones de distinto tipo y finalidad; al Presbiterio, a las Religiosas y a todo el Pueblo de La Rioja; especialmente llegue este saludo a ustedes enfermos, acianos e internados del Instituto de Rehabilitación Social. A ustedes los que estarán solos en esta navidad, porque tienen sus seres queridos lejos de la casa o el Señor ya los llamó a la eternidad; cuéntenme junto a ustedes con el afecto y la oración.

            Permítanme, padres de familia, hacerles esta sugerencia para esta Navidad: cuando en la Nochebuena estén junto a la mesa con toda la familia, pídanle al hijo más chico y que lo pueda hacer, que él bendiga el pan que van a comer; si tienen el pesebre en la casa, todos juntos besen a ese Niño Dios del pesebre; luego Usted, mi amigo, como jefe de la  casa bendiga a sus hijos haciéndoles una cruz en la frente; dele la paz de Cristo a su esposa y a sus hijos con un beso y recen un padrenuestro por quienes no pueden hacer lo que ustedes hacen.

            Y ahora, mis amigos, quiero acabar este saludo navideño con esta oración a la Virgen de la Nochebuena: “Señora de la Nochebuena, Señora del Silencio y de la Espera, esta noche nos darás de nuevo al Niño; velaremos contigo hasta que nazca; en la pobreza plena, en la oración profunda y en el deseo ardiente.”

            Cuando los ángeles canten “Gloria a Dios en el más alto de los cielos y Paz sobre la tierra a los hombres amados por El”, se habrá encendido una luz nueva en nuestras vidas; Habrá prendido una Paz inmutable en nuestros corazones; se habrá dibujado una alegría contagiosa en nuestros rostros. Después, en casa, celebraremos la Fiesta de la familia. Alrededor de la mesa sencilla y cordial. Nos sentaremos los chicos y los grandes,  rezaremos para agradecer, conversaremos para recordar; cantaremos para comunicar, comeremos el pan que nos une. Afuera, el mundo, tal vez, seguirá lo mismo. En algún pueblo no habrá Nochebuena porque están en guerra. En algún hogar no habrá Nochebuena porque están divididos. En algún corazón no habrá nochebuena porque está en pecado. Señora de la Nochebuena. Madre de la Luz, Reina de la Paz, Madre del Amor Hermoso, causa de nuestra Alegría, que en esta noche nazca de nuevo otra vez Jesús. Pero para todos: para los de mi casa; para mi pueblo, para mi patria, para todo el mundo. Y sobre todo, fundamentalmente, que nazca otra vez Jesús en nuestra sociedad para Gloria del Padre. Amén.

            Que la Paz de Cristo los acompañe siempre.

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