Homilías radiales de Mons. Angelelli – Tercer Domingo Tiempo Ordinario- La Rioja, 24 Enero de 1971

Misiones VII (misionero)_JPG

Enrique Angelelli.
Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo2 pags. 18-26
La Rioja, 24 de enero de 1971
DOMINGO 3 TIEMPO ORDINARIO
Nehemías 8, 2-10 1, Corintios 12, 12-30, San Lucas 1, 1-4 . 14-21

Saludos: a los Grupos Misioneros, Universitarios de Chamical. Patronales de alta. Misioneros de Tello, Chepes, Puquial, Antinaco, Famatina, San Bias, Termas, Aimogasta. Maestros Rurales. JUVENTUD BASQUET BALL CLUB. Bomberos, enfermos y carcelarios.
Pedir por el Gobernador. Por quienes perdieron un ser querido.
Por los difuntos de esta semana.

Mis buenos hermanos y amigos: Visitando los diversos grupos misioneros me hacía esta reflexión: hombres y mujeres jóvenes, hombres y mujeres adultos, algunos apenas saliendo de la adolescencia, que renunciando a un merecido descanso, anula algunas comodidades en este tiempo de calor, deja a sus familias, a la novia o al novio,
etc., vienen a nuestra provincia simplemente a servir, diría más, a aprender, más que a dar a recibir de todo aquello que está escondido en el corazón de cada riojano, especialmente de ustedes, hombres y mujeres del interior. Más aún, riojanos, hermanos nuestros que haciendo esa misma renuncia, entregan sus días de verano para servir a otros hermanos más necesitados, especialmente gente joven. Y pensaba en el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar. Hoy también se cumple en la persona de cada cristiano, de cada hombre de corazón bueno que descubre que todo hombre es su hermano -que todo riojano es su hermano- que todo argentino es su hermano. Una vez más a esto se lo se lo entiende comprendiendo el escándalo de la Cruz; es decir después de descubrir a un HOMBRE DIOS, Jesucristo que realiza y nos convoca a que, roto nuestro egoísmo, toda nuestra vida se abra en dos dimensiones, hacia nuestro Padre de los Cielos y hacia nuestros hermanos, y a nuestro Padre lo descubrimos en esa
presencia cotidiana de “mi hermano”. Puede cansar esto, ¿verdad? Y sin embargo, ésta es la misión profunda, no fácil de comprender, de la Iglesia, hacer que los hombres descubran por diversos caminos a Jesucristo y con Él tengan el gran encuentro con todas sus consecuencias; de ruptura con un pasado que interiormente tiene configurado un hombre viejo -en la mente y en el corazón- y convertido (el llamado permanente del Señor a la conversión) sea el hombre verdaderamente nuevo, liberado, rejuvenecido, en vía de plenitud de vida, en la Gracia
y en la Paz del Señor, y se convierta en un hacedor, realizador de vida nueva. Si todos nosotros fuésemos hombres interiormente nuevos, hombres que dilatáramos el corazón y la mente para caminar juntos, no tendríamos tantas situaciones lacerantes, no nos condenaríamos los unos a los otros, descubriríamos que cuanto antes tenemos
que mancomunarnos, porque somos un Cuerpo con funciones y misiones distintas, para ir eliminando todo aquello que no hace feliz a nuestro pueblo -no nos hace felices ‘a nosotros porque somos el pueblo- y Pueblo de Dios.
y por los cuatro rumbos de nuestra provincia, hermanos de fuera y de dentro, están dando una respuesta de ser LOS TESTIGOS DE LA ESPERANZA. Ésto no se mata con nada, porque sería necesario matar la presencia viva del Dios Personal y Vivo en cada hombre y mujer riojanos, la presencia del mismo Dios Espíritu Santo que sopla como quiere y cuando quiere, y que hace las maravillas más desconcertantes para nosotros los hombres. Si lo queremos juzgar con criterio chiquito y mezquino, o con la autosuficiencia de desprecio, o con inutilidad, qué equivocados somos si pensásemos así. Vivir a fondo “todo hombre es mi hermano” y llevarlohasta las últimas consecuencias es reeditar en cada uno que lo realice la presencia concreta del Cristo que muere por el amigo para que el amigo tenga la Vida que no se destruye.
Perseguir, calumniar, privar de la libertad en el mundo a quienes por Cristo y en Cristo sirven a sus hermanos, lejos de dañar a la comunidad de los bautizados, a los llamados a participar y vivir de la Eucaristía, a los testigos de la Esperanza y de lo trascendente, a los testigos de un amor hecho carne, los fortalece, los rejuvenece, brilla mejor la fuerza del Evangelio y la presencia de Cristo en cada hombre o mujer. Esto no es hacer apologética, es conversar familiarmente para que no despreciemos y no nos equivoquemos en cosas de tanta fundamental importancia; ésto es irnos convirtiendo cada día más en hombres nuevos, según la fuerza de la Palabra, la Gracia de Jesucristo.
Ahora sí que los comprendemos mejor a quienes están misionando, o a quienes durante todo el año, en el silencio, en el anonimato, con responsabilidades mayores, están siendo testigos de esta nueva fuerza que asusta a algunos y a otros alegra. No se engañen quienes creen que es fruto de los cálculos puramente humanos. Hay que convencerse,
es la fuerza de Dios que obra misteriosamente en cada hombre y que si encuentra cabida la Palabra de Dios y la Gracia, que es la VIDA y Vida de Dios en el hombre, nos transforma de tal manera que somos capaces de hacer aquello que el egoísmo es imposible que lo realice aunque pueda hacer uso de los medios poderosos. Dios
construye con la debilidad para hacernos reflexionar cuando creemos que en nuestras solas fuerzas somos capaces de hacer felices a los hombres. Pero, también es verdad que toda nuestra inteligencia, toda nuestra capacidad, todos nuestros esfuerzos deben estar y ser empleados para la realización personal y la de los otros; y en la medida
que ayudo a que los otros se realicen en esa medida me realizo yo.
Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo-judíos y griegos-esclavos y hombres libres, nos dice San Pablo.
Amigos, toda actitud egoísta, individualista, mezquina, injusta o calumniosa, lejos de hacernos bien, nos destruye, nos margina, nos hace pobres hombres dignos de misericordia por parte de los otros; nos deja a la vera del camino. ¿Saben por qué?, porque no es el fruto de hombres nuevos, sino de hombres “viejos” aun cuando puedan
tener biológicamente pocos años. Encontramos viejecitas de más de ochenta años que poseen una sabiduría interior y una frescura que refleja eternamente joven en el hombre, y es lamentablemente que en quienes tienen, a veces pocos años, se den los síntomas de la vejez interior, de la muerte interior, de la incapacidad de engendrar no una
vida biológica, sino una vida nueva en permanente actitud de conversión y renovación.
Trabajar incansablemente para que una comunidad de hombres sean verdaderos hombres, es decir hombres liberados de las distintas hambres, de Dios, de cultura y de pan, es construir una comunidad nueva y es hacer hombres felices que caminan, no aguantando la vida sino celebrándola, ayudando a que otros la celebren dignamente, esto es vivir cada día: “Todo hombre es mi hermano”.
Por eso, en la gracia de Dios, este año deberemos ir descubriendo en nuestra comunidad diocesana a aquellos cristianos que, sintiendo la fuerza rejuvenecedora de Dios, asuman las responsabilidades apostólicas exigidas por su bautismo y por el llamado especial que la Iglesia les hace para servir como laicos en distintas misiones
encomendadas o que se le encomendaren a nivel de ciudad o en el interior. El llamado del Señor puede ser personal o puede ser para servir en forma asociada. Las misiones o responsabilidades concretas las confiere la Iglesia a aquellos cristianos y miembros de la comunidad que opten por ser verdaderamente dóciles al Espíritu Santo y testimonien con la vida el ser los testigos comprometidos de realizar los cambios queridos y guiados por la Iglesia y exigidos por la realidad en que vivimos; que sean capaces de caminar con los demás, se exijan personalmente un crecer en la Fe de acuerdo a las responsabilidades temporales y apostólicas que han asumido libremente, que sientan y asuman la tarea creativa y de búsqueda en común para que no nos confundan los cambios vertiginosos de la sociedad actual, y para que el dinamismo y la fuerza transformadora y rejuvenecedora de la Palabra de Dios y de la gracia de Jesucristo, las pongamos en permanente servicio de nuestros hermanos y no muera por nuestra inercia,nuestro egoísmo, nuestra falta de esperanza, de docilidad en la Fe.
Pensémoslo: el juicio que Dios hará será con el espíritu de las bienaventuranzas … (1)

Por eso, con la gracia de Dios, deberemos este año apuntar a una mayor profundización interior de nuestra Comunidad Diocesana.
Me refiero a que la Fe de todo nuestro pueblo se madure cada vez más; que la vida cristiana sea reflejada en cada uno de nosotros como los testigos de la Esperanza. Llamaremos a mayores responsabilidades de servicio apostólico en bien de los demás, a aquellos cristianos que sintiendo la fuerza renovadora y rejuvenecedora del Espíritu Santo, sean capaces de asumir libremente y lúcidamente las responsabilidades apostólicas exigidas por su bautismo y su confirmación, y por las situaciones concretas en que vive nuestro pueblo en todos sus aspectos y niveles sociales, en ciudad y campaña. A la Iglesia le corresponde, en su Jerarquía, entregar y confiar las misiones o responsabilidades concretas, en su acción pastoral, una vez elaboradas y maduradas corresponsablemente por toda la comunidad. Así como es urgente preparar y ayudar a su realización a aquellos cristianos que son llamados por el Señor para el servicio sacerdotal en la comunidad, de la misma manera es necesario descubrir, preparar y ayudar a madurar vocaciones laicales apostólicas, que opten por ser verdaderamente dóciles al Espíritu Santo y testimonien con la vida el ser los cristianos comprometidos en la realización de los cambios queridos y guiados por la Iglesia y exigidos por la realidad en que vivimos. Que sean capaces de caminar juntos con los otros, que se exijan un permanente madurarse cada vez más en la F,ede acuerdo a sus responsabilidades temporales y apostólicas que libremente han asumido; que sientan y asuman las actitudes de esforzarse en la tarea creativa y de búsqueda en común para que no nos sorprendan los cambios vertiginosos de la sociedad actual y para que el dinamismo y la fuerza rejuvenecedora de la Palabra de Dios y de la Gracia de Jesucristo, la pongamos en permanente servicio de nuestros hermanos sin excluir a nadie, a no ser que obstinadamente lo rechace. Nuestra responsabilidad
apostólica y misionera no debe morir por inercia, por egoísmo, por falta de esperanza, por falta de docilidad y obediencia en la Fe, por falta de compromiso esforzado y exigido cada día ante tantas necesidades y problemas, no fáciles de resolver. Somos los hijos de la luz, lo que quiere decir que somos y debemos ser, por vocación, optimistas.
Juan XXIII dijo: “Jamás he encontrado un pesimista que haya sido útil al mundo” Hay en ello una sabiduría cristiana y sabiduría humana. Debemos enfrentarnos con el futuro sabiendo que el Espíritu Santo está allí y que es el Espíritu creador. No hay por qué temer una Comunidad Eclesial renovada mientras que sea obra del Espíritu Santo.

Nota
(1) El texto en letra inclinada está escrito a mano en el original e insertado en
el texto mecanografiado.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.