Homilías radiales de Mons. Angelelli – Quinto Domingo Tiempo Ordinario – La Rioja, 7 de febrero de 1971.

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Enrique Angelelli., Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 2 pags.27-30

La Rioja, 7 de febrero de 1971, Domingo 5 Tiempo Ordinario. Isaías 6, 1-8 1;  Corintios 15, 1-11; San Lucas 5, 1-11

Saludos: Al pueblo de las Talas por su nueva Capilla. Despedimos y agradecemos al grupo misionero de las Hnas. de San José de los Sauces.

A los enfermos.

Hermanos y amigos:

Este hermoso y rico pasaje Evangélico que acabamos de escuchar nos debe servir de guía y de alimento espiritual para meditar esta mañana en esta misa radial con todos ustedes, presentes en esta Santa Iglesia Catedral y Basílica de San Nicolás, y ustedes desde la radio.

Constituimos una comunidad orante para celebrar y ofrecer esta Eucaristía desde esta Iglesia Madre de la Diócesis. Como aquella multitud alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, así nosotros queremos estar pendientes de Él para escuchar su Palabra y guardarla en nuestro corazón a fin de que nos ayude e ilumine a ser más fieles como cristianos.

Porque, como dice San Pablo en la carta que acabamos de escuchar, dirigida a los Corintios, por la gracia de Dios somos lo que somos, es decir, cristianos.

Lo importante es que esa gracia recibida por el Bautismo no sea en vano y no se constituya en nosotros con la vida en la infidelidad a Cristo, que nos llamó a ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

Hace poco me decía el Santo Padre Pablo VI, no debemos desfallecer en las dificultades que trae aparejado el camino, a veces, difícil, de la vida, y que con renovado espíritu de Fe y Esperanza, con aquella paciencia y serenidad que nos debe dar el servicio al Señor y a nuestros hermanos, sigamos construyendo esta Comunidad Riojana, para que en ella se refleje cada vez más la imagen evangélica de la Iglesia querida por Jesucristo.

Esta palabra de aliento del Santo Padre refleja la misma palabra de Cristo dirigida a Pedro en el Lago de Tiberíades: NAVEGA MAR ADENTRO; echa las redes para seguir pescando.

Porque, hermanos, es muy comprensible que nos pase como a los apóstoles: trabajar toda la noche sin pescar nada. Aquí se repite aquello de que “los caminos de Dios son distintos a los caminos de los hombres”, porque nos puede pasar que trabajando en la construcción del reino de Dios entre nuestros Hermanos, lo hagamos con criterios puramente humanos o pensando más en nuestra propias fuerzas que en las de Cristo.

La Fe es vivir una hermosa aventura divina, porque somos guiados por QUIEN no nos falla nunca y siempre está a nuestro lado.

Y este navegar mar adentro significa que no debemos detener nuestra marcha, es tarea nuestra, de los cristianos; provee del alimento de la indispensable armonía a un pueblo que marcha hacia la unidad, porque si la búsqueda en común de la verdad aproxima a los hombres, sólo el encuentro de los corazones cimienta la unidad.

Y cuando a diario vemos y experimentamos en nosotros mismos la hora que vive-nuestra sociedad, tan agitada espiritualmente hasta inspirar temor de grandes y ruidosos trastornos, la Iglesia será sólida y fuerte, con la fuerza de Dios, si está en si misma unida la fuerza en la fe por la caridad.

En lo que va de este año, hemos podido personalmente constatar y experimentar en toda la provincia, cómo se ha ido viviendo y concretando la gran consigna: todo hombre es mi hermano.

Religiosas, sacerdotes y laicos, venidos de distintas partes del país; han volcado en nuestra tierra el testimonio.

Con las palabras y la acción hemos vivido la fecundidad de una marcha que sólo tiene sentido total, en Jesucristo. Esto que pareciera teórico es sin embargo lo concreto de cada día para hacer que el reino de Dios crezca, haciendo crecer a nuestro pueblo en su dignidad humana y divina querida por el mismo Dios.

Ha sido abundante la siembra y Dios dirá si será abundante la cosecha; esto sólo lo mide Dios, porque depende de la respuesta libre de cada uno de nosotros.

Ciertamente que la Palabra de Dios, el Evangelio de Cristo ha sido anunciado apostólicamente. Los encuentros

y las confidencias personales han sido muy ricos; las celebraciones especialmente de la Eucaristía, han sido, en su mayoría, un mayor descubrir a Cristo y a los demás; los servicios prestados, para orientar una verdadera promoción integral han sido dignos de elogios.

Esto es navegar mar adentro, esto es hacer de nuestra Fe, que pudo estar dormida, una Fe más dinámica más personal, más madura, más responsable en la gracia recibida en el Bautismo. Esto es descubrir la misión que Cristo nos encomienda a cada Bautizado para ser anunciadores de nuestro Evangelio.

En estas lecturas que hemos leído está el gran tema de la MISION que Dios encomienda a hombres para anunciar su Reino. Somos los misioneros de Cristo, como Cristo es el misionero del Padre: ser un cristiano misionero que debe permanentemente hacer MAR ADENTRO por los caminos de nuestros hermanos los hombres, supone conocer cada vez más quién es el que nos envía, en este caso Cristo, por su Iglesia que es su cuerpo místico.

Descubrir, conocer, profundizar, aceptar, amar a Cristo y a su Iglesia de que nos sentimos parte, es tarea permanente para no encontrarnos en medio de los cambios de la sociedad actual con las desorientaciones, los temores y el miedo, a veces la desesperación, la crisis de nuestra propia Fe; es conocer la historia del Pueblo de Dios que es la Iglesia; es conocer la marcha de la Iglesia a través de las distintas y cambiantes situaciones y momentos de la historia. Es conocer, asimilar intelectual y espiritualmente, el Evangelio y la doctrina de la Iglesia

que no es otra que la presentación de lo que Dios ha revelado por Jesucristo: es saber que somos los testigos de la esperanza de lo definitivo, de lo que realiza plenamente al hombre; es estar en tensión entre las vicisitudes de la vida diaria en esta marcha y el deseo de lograr el término del camino que es Dios y la plenitud de la vida y de la felicidad.

Esta MISION es ir a los hombres, es ir al mundo, es ir y sentirnos que vamos haciendo el camino junto con todos; es buscar juntos cómo Dios trabaja misteriosamente en el corazón de cada hombre; es ir especialmente al que más nos necesita; es ayudar a hacer desaparecer todo aquello que rompe la armonía puesta por Dios y que nosotros rompemos por el pecado; es ayudar y ayudarnos a matar el egoísmo y los individualismos también religiosos. Es ir mar adentro, exigiéndonos a todos, sacerdotes, religiosos y laicos, que debemos ser los hombres de la experiencia de Dios, los comprometidos con nuestros hermanos para realizarnos juntos. No puede ser distintivo de un cristiano el miedo, porque es desconfiar del Evangelio del que dice ser testigo; es desconfiar de Cristo que dice estar hasta la consumación de los siglos; es ser infiel a quienes debemos brindarles el servicio de la Buena Nueva si la presentamos para pusilánimes, para determinados sujetos, si la hacemos inoperante por nuestra falta de respuesta

personal.

Cuando hablamos de una Iglesia misionera, servidora, comprometida, es ser fiel a la revelación de Dios a los hombres, es volver a las fuentes puras de la palabra de Dios. Es ser fieles a Cristo que la hizo así, que en el Concilio, es convocada por el Espíritu Santo hecha nuevamente para el mundo de hoy en la luz de las Gentes. El Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo realiza permanentemente esta renovación en todo el cuerpo de la Iglesia para hacerla semejante a la cabeza que es Cristo. Pablo nos dice en Romanos 12: “Despojaos del hombre viejo viciado por la corrupción del error; renovaos en vuestro espíritu y vestíos del hombre nuevo en todo”. “Crezcamos en caridad llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo”(Efesios 4,22).

El hombre comprometido, el hombre que trabaja afanosamente por la promoción integral del hombre debe ser también un hombre contemplativo, es decir un hombre en diálogo con Dios, un hombre que haya experimentado y sufrido la presencia de Dios en su interior, el que haya experimentado lo que es vivir en búsqueda de plenitud en la unión intima con el HOMBRE DIOS que es Cristo. “Y la pesca fue abundante de tal suerte que fue necesario pedir ayuda”, nos dice el Evangelio, al mismo tiempo que Pedro se echa a los pies de Jesús para confesar que era pecador. Nuestra misión de cristianos, hecha al servicio desinteresado y generoso es reclamada para la solución de tantos problemas materiales y espirituales, por tantos hermanos que buscan ser y realizarse como hijos de Dios, al mismo tiempo que en este pasaje descubrimos las actitudes que lleva dentro toda misión encomendada: HUMILDAD, reconocernos lo que somos, que la fuerza nos viene de Dios, y trabajar con los otros, es decir juntos construir, clarificar bien lo que nos corresponde al Obispo, Sacerdotes, Religiosas y Laicos.

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