HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL (Iglesia y Santuario de San Nicolás, 23 de marzo de 2016)

 

 2016-03 Misa Crismal

Queridos hermanos y hermanas riojanos

En esta Misa Crismal celebramos la Vida que nos viene de Dios y nos invita a testimoniar su gracia a través de las celebraciones sacramentales de la Iglesia por nuestra participación como miembros de un Pueblo sacerdotal.

Este Año de la Misericordia nos ayuda a descubrir y profundizar nuestra identidad de hijos amados y salvados en Cristo. “En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos (…) Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.” (Francisco, Misericordia vultus, n.14)

 1. Abrir nuestros ojos… abrir puertas

Como nos enseña el Papa Francisco, la compasión de nuestro Dios samaritano, nos urge a ser también nosotros capaces de testimoniar su misericordia como hermanos abiertos y disponibles.  “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.” (Misericordia vultus, n.15)

En esta Misa renovamos nuestra disponibilidad sacerdotal para servir como parte de un presbiterio al Pueblo de Dios. Discípulos misioneros de Jesús evocamos agradecidos nuestras promesas sacerdotales. El gesto de pasar como presbiterio por la Puerta de la Misericordia expresa la necesidad de experimentar nosotros mismos la misericordia del Señor en nuestros corazones y vivir con fidelidad creativa la misión que Cristo nos ha encomendado.

Este signo apenas celebrado nos pide abrir puertas a través de nuestro ministerio sacerdotal y que nuestros gestos y palabras reflejen los del Señor Jesús. Su amor gratuito y valiente hasta la entrega final, su mensaje trasparente lleno de coherencia y su conciencia de ser todo del Padre y de su Pueblo, no pueden faltar en nuestro ministerio. De otra manera seríamos pálidos mensajeros de Aquél que nos envía.

En las iniciativas pastorales, las distintas actividades en nuestras comunidades, en la celebración de los sacramentos y en la coordinación de respuestas solidarias de la Caridad, la disposición a escuchar con el corazón y  responder desde la perspectiva misericordiosa de Cristo, son actitudes necesarias e imprescindibles que no nos pueden faltar.

Estamos llamados a ser eco generoso de la convocatoria amplia del Señor. Sin odiosas restricciones ni injustos condicionamientos, la gratuidad de la catequesis y de los sacramentos para que nadie se vea privado de los auxilios espirituales de la Iglesia, se derivan de nuestra actuación pastoral según el corazón de Cristo.

Toda consideración económica, toda acepción de personas apoyada en prejuicios o intereses, nos ponen fuera del servicio al que hemos sido llamados. La generosidad de los fieles será comprensiva de las necesidades de las parroquias y comunidades sin necesidad de convertirse en una contraprestación onerosa ajena al espíritu del Evangelio. Si la vida de la Iglesia es responsabilidad de todos, animados por la gracia de Dios, tendremos que buscar juntos cómo sostener esa acción pastoral que multiplica la presencia de Cristo entre los hombres en un contexto de austeridad evangelizadora. Una Iglesia pobre entre los pobres no necesita del lujo ni puede presumir de ejercitar un poder mundano que la aleje del Señor.

2. Signos de la fecundidad de un Dios buen Pastor

Nuestra diócesis no es ajena a algunas debilidades que aquejan a toda la Iglesia. Entre otros síntomas, nos afectan grandemente la escasez de sacerdotes y consagrados, el poco desarrollo de las diferentes vocaciones y ministerios, el clericalismo, la escualidez del dinamismo misionero  y la fragilidad de muchas de nuestras instituciones, a veces por el paso del tiempo o por la falta de un adecuado discernimiento de los desafíos a afrontar.

Ante el dramatismo de estos indicadores, estamos llamados a revisar con entusiasmo y espíritu de corresponsabilidad aquellas estructuras caducas que limitan la eficacia de los ministerios y mutilan la fecundidad de nuestras comunidades (cfr. Francisco, Evangelii Gaudium, 27-33)

No podemos desanimarnos porque el Señor nos alienta con algunos signos fuertes que fortalecen nuestra esperanza: seis jóvenes comienzan este año su camino de formación sacerdotal como seminaristas de nuestra diócesis, el Centro Vocacional Cura Brochero abrirá sus puertas como preseminario para el discernimiento inicial de las vocaciones y unos veinticinco hermanos de nuestras comunidades profundizan su formación al diaconado permanente.

Si el sacerdote preside la comunidad cristiana con su paternidad espiritual que nutre a nuestro pueblo con la Palabra y el Pan de Vida que se parte para todos, el diácono permanente expresa el estilo servicial de Jesucristo que se pone a disposición de su Pueblo.

En algunos años, si Dios quiere y perseveramos en esta tarea formativa, tendremos diáconos que enriquezcan el horizonte ministerial de nuestras comunidades asumiendo la animación de la evangelización en barrios y pueblos de la Diócesis, de Cáritas y la solidaridad cristiana en general, y participando según su don en las celebraciones de la fe.

Otro signo de la fecunda siembra de Dios que me alegra muchísimo es el entusiasmo de tantos catequistas de nuestras comunidades, hombres y mujeres que generosamente entregan su tiempo para la fecundación de nuestra historia de hoy con el anuncio siempre urgente y nuevo del Evangelio de Jesús. Llena de esperanza ver cuánto hacen nuestros catequistas y animadores de comunidades para llegar creativamente con la buena noticia a tantos familias, niños y jóvenes.

La estrecha interacción de carismas, ministerios y servicios hace de la Iglesia una realidad dinámica que puede vitalizar a una sociedad y engendrar un tiempo nuevo en el camino evangelizador.

¡Gracias a todos por su sí: a los sacerdotes que colaboran estrechamente con mi ministerio, a los jóvenes que se animan a plantearse su entrega vocacional, a los hermanos que crecen en el camino del diaconado permanente, a los catequistas, a los que se forman para serlo, a los que han sembrado de Reino de Dios nuestra historia pastoral riojana!

3. Una fecha para olvidar

En estos días, como sociedad política evocamos un acontecimiento de hondo dramatismo: el golpe de estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976.

Los obispos argentinos han querido señalar al respecto: se cumplen cuarenta años de la ruptura del orden constitucional y del estado de derecho. Un hecho que nunca más se debe repetir ni podemos olvidar (…) Sus consecuencias de enfrentamientos, dolor y muerte, aún permanecen y se nos presentan como un pasado que tenemos que afrontar y sanar. La vuelta a la democracia marcó el inicio de un camino de verdad, de justicia y de encuentro entre todos, que urge seguir transitando, para alcanzar la concordia y la amistad social. El reconocimiento del valor de la vida, de la dignidad y de los derechos inalienables de la persona constituye la base indispensable de toda convivencia humana y del destino feliz de un pueblo. La memoria del 24 de marzo, este año, coincide con la celebración del jueves santo, día de dolor y de traición, pero también día en que Jesús manifestó su amor hasta el fin entregando la vida por nosotros. En su Sangre hemos sido reconciliados. “Cristo es nuestra paz” (Ef. 2,14) y el fundamento de una esperanza que nos impulsa a construir una sociedad auténticamente humana. Su ejemplo nos ayuda a cicatrizar nuestras heridas en la verdad, el arrepentimiento, la reparación en justicia y el anhelo de alcanzar misericordia.”(Comisión Permanente de la CEA, Una fecha para no olvidar, 20 de marzo de 2016)

          Mis queridos hermanos, en este Año de la Misericordia, vivamos la Semana Santa con espíritu verdaderamente fraterno, arraigadas nuestras vidas en Jesús, el rostro tierno del amor del Padre. Su entrega de la Última Cena desafía nuestra capacidad de servir y amar como Él nos amó, su ofrenda en la Cruz paga para siempre las consecuencias de nuestra fragilidad y pecado con su sangre derramada para salvarnos, su Resurrección proclama enfática y definitivamente que la Vida tiene la última palabra. Y esa vida queremos anunciarla a todos. ¡Feliz Pascua de Jesucristo, Redentor!

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

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