ASCENSIÓN – PENTECOSTÉS- TRINIDAD  – HOMILÍAS RADIALES DE MONS. ANGELELLI

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Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. tomo 4, pag 95-98 – La Rioja, 26 de mayo de 1974 -DÍA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Hermanos y amigos radio oyentes de L.V. 14

Celebramos hoy, la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los cielos. Esta celebración nos ayuda a comprender mejor nuestra Fe cristiana.

Para nosotros, riojanos, está puesta al final de una semana llena de celebraciones y acontecimientos que han tomado toda nuestra vida como pueblo: La celebración de la fundación de La Rioja, la celebración del día patrio, la celebración del día del Olivo, la celebración de fiestas patronales: Santa Rita de Chilecito y de Catuna; el delicado problema de los docentes; el lanzamiento oficial de CREAR-DINEA. En el corazón de estos hechos, entre otros, Cristo que nos dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado… sepan que estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo… vayan y proclamen el Evangelio a toda la creación… el que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer, será condenado… sean testigos de todo esto… les enviaré al Espíritu Santo… quédense en la ciudad hasta que se revistan de la fuerza de lo alto… y mientras los bendecía… se separó de ellos subiendo hasta el cielo… volvieron con alegría y bendecían a Dios…”

Y mientras meditaba todo esto, preparando estas reflexiones para la Misa Radial, no me resistí a pensar en algo que me tocó muy de cerca vivirlo. Era la muerte de una anciana de noventa y dos años; murió, también durante esta semana. Y reflexionaba: cuando la Fe ilumina y penetra hondamente en una persona, le hace descubrir el sentido profundo que tiene la vida; le da la verdadera sabiduría y la convierte en eso que nos manda Cristo: “sean testigos… con la fuerza del Espíritu Santo que les enviaré”. Se dejó evangelizar por Dios a través del ministerio de la Iglesia – Madre – hasta el último instante de su prolongada vida. Su muerte se convertía así en un testimonio viviente de Fe y dejaba, antes de partir, como herencia a sus hijos y a su pueblo, un mensaje de sabiduría enriquecida con pequeños-grandes gestos, hechos en silencio y con gran conciencia de fidelidad. Me tocó ungirla con los óleos de los enfermos, me tocó recoger sus últimos gestos, me tocó celebrar la misa de despedida, me tocó vivir con sus familiares y con su pueblo todo lo que significa una partida de quién muere y se despide así, como coronamiento de una larga vida. “La

Virgen sabe lo que debe hacer de mi vida, que haga lo que Ella quiere… que bendiga a mis ‘changos’, y que bendiga a mi barrio… yo estoy lista para irme… decía entre otras cosas, antes de partir…”. Y como ella, cuántas y cuántos así prepararán una partida definitiva de este mundo, después de haber vivido la propia vida comprometidos y fieles a las exigencias de la Fe y de las necesidades de sus hermanos. Después de haber vivido la vida comprometida con su pueblo.

Me parecía oír que decía lo mismo que Jesús: “Vayan hijos y hermanos de mi pueblo. Vivan así para que Dios les regale una muerte como me la regaló a mí”. Así se fue la abuela Atanasia.

Y volví a la reflexión de la Ascención de Cristo, Nuestro Señor. Muchas cosas nos deja antes de su partida para volver junto a su Padre y nuestro Padre Dios.

Nos deja su Vida de Hombre-Dios, desde su Encarnación y Nacimiento en Belén, hasta su Ascención; nos deja su Evangelio con la muerte en la Cruz y la Resurrección; nos deja la Iglesia y en Ella al Espíritu Santo que la anima y la rejuvenece permanentemente; nos deja el sentido nuevo de la vida y de las cosas; nos deja el regalo de la Fe, de la Esperanza y del Amor; nos deja el sentido

de caminantes en la vida y la certeza de un encuentro definitivo en la Vida que no tiene término en Dios; nos deja la gran tarea de realizar una sociedad nueva, distinta de aquella que se construye en el egoísmo, ésta hay que construirla en el Amor; nos deja la tarea de ser EVANGELIZADORES Y ANUNCIADORES de esta BUENA NUEVA que es Él – Cristo; nos deja la tarea de convocar a los hombres a la fraternidad y a trabajar para que la justicia sea vivida entre los hombres; nos deja la tarea de ser constructores de la Paz; nos deja su Vida y su PRESENCIA permanente entre nosotros, para que en Él y con Él construyamos un Pueblo Nuevo, una Raza Elegida, un Pueblo Santo. Nos deja la clave para ser felices, en las Bienaventuranzas; nos deja como una especie de código, que

de acuerdo a él seremos juzgados al término de nuestra vida, como a la abuela Atanasia. Nos deja a nuestro hermano, el hombre, para que en él reconozcamos su rostro y su presencia. Nos deja al samaritano para que en él aprendamos a descubrir las exigencias del Evangelio; nos deja el don del sacerdocio y de la consagración total de la vida, como signos de servicio al hombre y al pueblo,

alabando y glorificando a Dios, con y desde él; nos deja la capacidad para no quedarnos “establecidos en la vida”, porque así se debilita y muere; por eso nos llama permanentemente a superarnos como individuos y como pueblo, a crecer, renovarnos, madurarnos, a no perder el rumbo y la meta definitiva. Así podríamos seguir desentrañando todo lo que esta celebración contiene y exige de nosotros, especialmente, cristianos, hijos de la Iglesia; aunque va mucho más allá; es un “acontecimiento” que mira a todos los tiempos y a todos los pueblos. Mira y es respuesta a todo el hombre y a todos los hombres de todos los tiempos. Muerte – Resurrección y Ascensión de Cristo, es la clave para interpretar la historia y los grandes interrogantes de los hombres. La abuela Atanasia, en su sencillez de hija de su pueblo, la interpretó con gran sabiduría para darle sentido a toda su vida y a su muerte.

Así también, se convierte en “clave”, como en la música, para interpretar y darle sentido a nuestras celebraciones como pueblo y para buscar las verdaderas soluciones a los problemas que plantean nuestros conflictos cuando están en juego la justicia, la paz y la respuesta que debemos dar los adultos a nuestros niños y a nuestra juventud. Así, también, celebramos e interpretamos bien las expresiones de Fe que un pueblo vive en sus fiestas patronales. Decíamos que en la lectura de los textos de la Ascensión, Cristo nos envía a EVANGELIZAR a todos los pueblos y a toda la creación. Por eso, también, en este Año Santo, se celebrará lo que se llama Sínodo Universal de los Obispos, es decir: un encuentro de Obispos, sucesores de los apóstoles, con el Papa, sucesor de Pedro, para seguir reflexionando y sacar las orientaciones para toda la Iglesia.

El tema para este gran acontecimiento es: LA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO DE HOY. Vale decir: cómo seguir anunciando el Evangelio de Cristo, el mismo de siempre a nuestro mundo actual, siendo fieles a su contenido; con qué medios nuevos y de qué forma debe ser anunciado para que el hombre actual, nosotros, sepamos descubrir que ese Evangelio es la gran respuesta de Dios a la vida del hombre y del mundo actual. Reconciliarnos verdaderamente  como hermanos, los hombres y asumir toda la renovación y cambios profundos que exige el mundo en que vivimos, supone que, primero, nosotros los cristianos, sintamos vivamente la permanente necesidad de ser   reevangelizados, catequizados, actualizados, iluminados por el Evangelio de Cristo y, segundo, presentar a nuestros hermanos ese Evangelio con la palabra, pero especialmente con la vida, comprometida en la construcción de un mundo más justo y más fraternal.

Este gran acontecimiento de Año Santo, que es el Sínodo de los Obispos, al haberse escogido el tema de la EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO DE HOY, es también para nosotros, el gran objetivo de la diócesis. No como una necesidad impuesta de afuera, sino como una necesidad surgida de nuestra realidad riojana.

Porque si es una exigencia permanente del Espíritu Santo en toda la Iglesia Universal, lo es más para nosotros, pueblo bautizado y cristiano, en su casi totalidad, pero necesitado de mayor profundización de la Fe y de sus exigencias en la vida, privada y pública. Porque todo el pueblo de Dios es comunidad del Evangelio y es responsable de su transmisión con palabras y obras.

Si fuéramos lo suficientemente evangelizados, no tendríamos que constatar hechos dolorosos en la vida de la comunidad diocesana. Es exigencia de vida y de tarea a realizar, para todos; para nosotros, sacerdotes; para los consagrados en la vida religiosa y para todos los fieles cristianos de la diócesis.

Comenzamos la preparación de la festividad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Que toda la diócesis entre en un clima de cenáculo como entraron los apóstoles y María, después de la Ascensión para que encuentre en nosotros acogida humilde y sincera el Espíritu Santo con el regalo de sus Dones.

Con su Luz y con su fuerza comprenderemos mejor qué es evangelizar y ser evangelizador, y nos lanzaremos más a ser los TESTIGOS del Evangelio de Cristo por las palabras y por las obras.

Que María Santísima y San Nicolás nos ayuden a vivir en plenitud, Pentecostés.


Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 4 pag 99 a 101- La Rioja, 2 de junio de 1974

DOMINGO DE PENTECOSTÉS – SOBRE PENTECOSTÉS Y LA LABOR CATEQUISTA  HABLÓ ANGELELLI

El obispo diocesano, monseñor Enrique Angelelli, dedicó la homilía de la misa radial de ayer a destacar la significación del día de Pentecostés  en que se conmemora la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. A la vez, por ser iglesia misionera por naturaleza, instó a los hombres y mujeres de toda la diócesis que sientan el llamado de Cristo a ser catequistas en el medio en que actúan.

Comenzó citando el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés (50 días después de Pascua). De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo

y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu Santo les sugería…María estaba con los discípulos…”.

“En este día – prosiguió Angelelli – queremos hacer, como la Iglesia de Cristo permanentemente asistida y rejuvenecida por la presencia viva del Espíritu Santo, este acto de fe recitando el artículo del Credo que hemos aprendido desde niños: Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica. Y era impulsada y movida por el Espíritu Santo la confesión que hacía una mujer de nuestro pueblo antes de morir: ‘como madre que he engendrado a mis hijos, le pido a Cristo perdón por los posibles pecados de ellos, sí en la vida que llevan hubiesen ofendido e injuriado alguna vez a la Iglesia, que es también Madre de ellos…pido esto antes de morir a mi Madre la Iglesia; y les pido a ellos que

siempre les sean fieles…’. Confesar nuestra fe en la Iglesia, como lo hacía esta mujer antes de morir, es hacer nuestra confesión pública en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Iglesia es una obra estupenda de la Santísima Trinidad. Allí tiene su origen. Por eso, al pretender entenderla y comprenderla con las solas luces de la razón y equipararla a cualquier sociedad humana, corremos el riesgo de no comprender este regalo y misterio de Dios. Por eso, decimos: Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica”.

“Y cuando en el año 1962 los sucesores de los apóstoles que son los obispos, veníamos de todas las regiones de la Tierra con nuestra lengua, historia y raza, traíamos las esperanzas y los sufrimientos de cada pueblo, región y continente y junto a la tumba de Pedro recitábamos el Credo y el Padre Nuestro y celebrábamos la misma Eucaristía – explicó enseguida – vivíamos un Pentecostés

de la Iglesia y entregábamos al mundo la gran esperanza y respuesta a los más acuciantes problemas. Esto sucedía en el Concilio Vaticano Segundo. Y cuando Pablo VI peregrinó a las Naciones Unidas y en medio de esa gran asamblea de responsables de pueblos y razas, anunciaba el Mensaje de la Paz como fruto del Evangelio de Cristo, era hacer presente la presencia viva del Espíritu Santo por su muerte y resurrección. Pentecostés es el fruto de la Pascua”.

Más adelante puntualizó que, “por obra del Espíritu Santo, Dios se hizo hombre, tomando un nombre y se llamó Jesucristo. Y por obra de este mismo Espíritu Santo sigue encarnándose en la pobre carne humana. Por eso, a Dios se lo encuentra y a Dios se lo ha de amar en la carne de los hombres. Sólo así se entiende aquellos de San Juan: ‘Quien dice amar a Dios que no ve, y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso…”.

La Iglesia misionera

Indicó enseguida que “este Pentecostés nos debe hacer reflexionar muy seriamente en esa cualidad fundamental que tiene la Iglesia. Ella nació misionera.

Nuestra Diócesis de La Rioja será más fiel al Espíritu Santo si vivimos esta exigencia: somos misioneros todos los cristianos. Esto supone asumir una tarea recibida por Cristo y animada y asistida por el Espíritu Santo: ‘Así como mi Padre me envió, así Yo envío a ustedes…’. ‘Vayan por el mundo a predicar el Evangelio a toda criatura…’. Tener la fuerza y la gracia para cumplir esta tarea, es obra del Espíritu Santo. No solamente los sacerdotes y las religiosas tienen la misión de anunciar el Evangelio; la tienen todos los hombres cualquiera sea su condición”.

Pentecostés y el Año Santo

Expresó luego que “este Pentecostés nos invita también a repensar nuevamente todo lo que nos exige el Año Santo. Porque hablar de ‘año de la reconciliación’ es hablar de la obra que el Espíritu Santo realiza en nosotros. En el bautismo se nos convirtió en templos vivos del Espíritu Santo. Toda la comunidad cristiana es comunidad de testigos de las ‘maravillas’ que obra el Espíritu Santo en los hombres. Sólo así podemos entender lo que diariamente recogemos de personas de corazón sencillo y recto que, con el testimonio de sus palabras, nos están diciendo que en ellas hay una presencia viva de Dios”.

En la parte final de la homilía, el obispo expresó: “Decíamos que la Iglesia es, por naturaleza, misionera. Por eso hoy, día de Pentecostés, quiero hacer el mismo gesto que hizo Cristo a sus apóstoles. Lo quiero hacer especialmente con todos los catequistas de la diócesis. Hermanos catequistas, Cristo los ha llamado a cumplir una misión muy grande: anunciar el Evangelio a sus hermanos.

Esos hermanos son, concretamente, los niños que preparan para la comunión o la confirmación. Son los grupos que ayudan a reflexionar juntos el Evangelio. Son ustedes, hermanas maestras de pueblos, personas mayores o jóvenes, mujeres u hombres que sienten vivamente este llamado de Cristo para ser catequistas en el medio donde se encuentran. Reciban en nombre de Cristo, oficialmente, esta misión que el Obispo les confía en la diócesis. Les pido a los párrocos o a quienes presiden comunidades que hagan algún gesto concreto donde se destaque esta misión de ser catequista en la propia comunidad.

Que María nos ayude a vivir en la vida de Pentecostés”.

1 El texto de esta homilía corresponde al publicado en el diario El Independiente, lunes 3 de junio de 1974, pág. 10. Nuestro archivo no registra fotocopia del texto mecanografiado por el Obispo Angelelli.

Enrique Angelelli.


Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 2 pag 82-84

La Rioja, 6 de Junio de 1971  – DOMINGO DE LA TRINIDAD  – Proverbios 8, 22-21 Romanos 5, 1-5    San Juan 16, 12-15

El domingo pasado centrábamos nuestra reflexión en la fiesta de Pentecostés. La venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico reunidos sobre el cenáculo, con María, es el nacimiento visible de la Iglesia después de la resurrección de Jesucristo, es el nuevo pueblo de Dios, el cuerpo místico de Cristo.

Hoy centramos nuestra reflexión en la Fiesta de Santísima Trinidad. El Dios vivo y verdadero es Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, Unico Dios verdadero y tres personas divinas distintas. Así lo confesamos y lo creemos con toda la Iglesia y bendecimos y adoramos a la Santísima Trinidad que en la intimidad de nuestro corazón está presente como un templo: Así entendemos que somos hechos templos de Dios vivos.

En esa criatura recién bautizada, como en ese anciano que baja a la tumba ambos están marcados por el agua y el fuego del Espíritu Santo. Cada mañana al abrir los ojos a un nuevo día lo marcamos y lo empezamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo, cuando se derrama el agua en el recién nacido, cuando tomamos el pan de cada día, cuando se unen dos en matrimonio, cuando se ungen los sentidos del cristiano, cuando se proclama la palabra de Dios, cuando partimos el pan de la Eucaristía, cuando se invoca al Señor sobre las cosas, cuando cerramos la jornada para el descanso, cuando trazamos una cruz sobre nuestro cuerpo, cuando comprometemos la palabra en el juramento, cuando despedimos a un ser querido a la eternidad o cuando dejamos nuestra plegaria sobre la tumba, siempre lo hacemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Porque en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo existimos y nos movemos. Aquí, en la Santísima Trinidad, está la fuente y el centro de nuestra FE cristiana. En ella nace y tiene origen la FE, la esperanza y el amor. Cuando el Concilio Vaticano II invitó al mundo y convocó a los cristianos a un nuevo Pentecostés para la Iglesia, con actitud peregrinante y guiada por el mismo Espíritu de Dios, nos llevó como de la mano, para que volviésemos a encontrar el origen de la Iglesia. Sólo así los cristianos de hoy, que somos nosotros, descubriremos las exigencias de nuestra Fe personal y eclesial.

Somos la Iglesia de Cristo y Cristo en cumplimiento de la Voluntad del Padre inauguró en la tierra el Reino de los Cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia hasta la Cruz realizó la redención de todos los hombres en sus Pascuas que es el triunfo sobre la muerte, la luz que disipa las tinieblas, la buena nueva, que es el Evangelio.

Toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y la esperanza que hemos recibido no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros.

Por eso el mismo acto de FE que hacemos en el Padre, Hijo y Espíritu Santo lo hacemos en la Iglesia que es el misterio de Dios revelado a los hombres en Jesucristo y que podemos decir, creo, por la virtud y la gracia del Espíritu Santo que misteriosamente obra en cada corazón humano.

Y cuando la Iglesia pecadora en sus miembros que somos nosotros, los hombres, busca limpiar y purificar su rostro, que es lo mismo que limpiar y purificar nuestras vidas personales, lejos de infundirnos miedo, nos debe regocijar y llenarnos de esperanza, porque los hombres de nuestro tiempo nos reclaman de nosotros cristianos que seamos la luz de Cristo, los hombres convertidos testimonial mente en los templos vivos de la Santísima Trinidad. Cuando a la Iglesia se la juzga fuera de la óptica de la Trinidad que es la óptica de la Fe, es imposible descubrir y asumir su rol en el mundo. Lo penoso es que a veces nosotros, el mismo cristiano, la juzgamos y la cuestionamos como si desconociésemos nuestro propio origen, nuestra propia cuna.

En la Trinidad se da plenitud de vida, se da plenitud de amor, plenitud de realización en cada persona divina, plenitud de acción y dinamismo, plenitud de comunión entre las tres divinas personas, plenitud de realización interpersonal, plenitud de fecundación, plenitud de comunidad. Los hombres por Jesucristo somos llamados para vivir y realizarnos a semejanza de esta familia trinitaria. Dios es vida, amor, dinamismo, fecundidad. Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que pienses en él, o el ser humano para que lo cuides tanto? A esto somos llamados todos los hombres, sin distinción alguna por la raza, el color, el dinero, el poder o la fuerza. Hoy más que nunca es necesario anunciarles a los hombres de la condición que sean, que es necesario tomar el sentido de nuestra existencia que nace en la Trinidad, en Dios, para que con su inteligencia creadora busque los caminos nuevos que sean según el plan y el proyecto de Dios, realizado por Jesucristo.

Nada escapa a la órbita trinitaria de cuanto existe en la tierra, en el cielo y en los abismos. Hoy más que nunca la Iglesia no debe renunciar a su misión profética y santificadora, como el atalaya debe anunciar a los hombres todo lo que aparta del proyecto trinitaria y ayudarle a realizarlo con la gracia de Cristo de la Pascua, fruto de la Cruz. Por eso esta Iglesia de Cristo, de ayer, de hoy y de siempre, seguirá ayudando a leer interiormente todos los acontecimientos que dejen la trama de la historia humana a la luz de la Trinidad; por eso la Iglesia nos vuelve a hablar en su magisterio universal sobre los graves problemas que aquejan al hombre de hoy, le habla al hombre de los medios de comunicación social, convoca a un sínodo universal para reflexionar la situación de la justicia en el mundo actual, replantearse desde la Trinidad, el ser, la misión y el rol de los sacerdotes. Asumen los candentes problemas que hoy se plantean: celibato sacerdotal, rol sacerdotal, tarea de los cristianos en el mundo de hoy, la pobreza como debe ser vivida en nuestra sociedad, la renuncia a todo privilegio que pueda ser imagen de todo factor de poder puramente humano, la violencia, las lacras sociales que hoy caracterizan a nuestra sociedad de consumo, las ideologías encontradas, las  escandalizantes situaciones de los que no tienen nada y de los pocos que poseen mucho, el atropello que se hace de diversas maneras de la persona humana, convocada para ser el templo de Dios vivo.

Si la Iglesia se compromete con el hombre, hombre concreto no imaginario, es porque antes la Trinidad Santísima se ha bajado hasta él para convertirlo en su templo. Todas las profanaciones que hacemos al hombre son profanaciones que hacemos a Dios.

La Trinidad es el modelo de la Iglesia que debemos seguir construyendo en cada riojano y en toda la Diócesis. Toda una tarea, los invito.

Enrique Angelelli.


Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 4 pag 103 a 107- La Rioja, 9 de junio de 1974

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Amigos y Hermanos Radio oyentes de L.V. 14

Celebramos, hoy, la festividad de la Santísima Trinidad. Este es el Misterio fundamental para el Cristianismo. Es el alma de todo el Evangelio de Cristo y la VIDA o REINO de Dios que se revela y se desarrolla en todo el Nuevo Testamento. Es el adorable misterio de Dios: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Para ayudarnos a esta reflexión dominical relataremos un hecho muy significativo y

cargado de sugerencias para la meditación. El hecho es el siguiente: un hombre de pueblo acababa de bautizar a su hijito recién nacido; luego del bautismo regresa a su casa; la esposa recibe al hijo, y juntos se dirigen a la habitación matrimonial; una vez allí, colocan al niño en la cama matrimonial; luego ambos esposos se ponen de rodilla; descubren el pechito del hijo y con mucha piedad besan al niño en el pechito. Unos amigos que los acompañaban, al contemplar esta escena se sonríen con algún gesto de sorpresa. El padre del niño los mira y con mucha delicadeza les dice: ustedes no entienden lo que acabamos de hacer con mi esposa… por eso se ríen. Acabamos de dar un beso a la Santísima Trinidad porque por el bautismo ha elegido a nuestro hijito para convertirlo en su propio templo para siempre. Nuestro hijo es un cristiano, y acaba de ser hijo, también, por este bautismo de la Iglesia…

Esta pareja había entendido bien lo que dice Cristo en el Evangelio: “…y vendremos a él (el hombre) y pondremos nuestra morada en él…”. Es decir: vendremos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y convertiremos esta criatura en nuestra casa.

Por eso nuestra actitud interior deberá ser en esta reflexión la misma que la de estos esposos: la de adoración al Dios vivo y presente en cada hombre, porque allí está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitando en su propia casa por las aguas regeneradoras del bautismo. Esto sucede cada vez que derramamos el agua bautismal en cada niño o adulto que bautizamos. Casi diría que esta actitud la queremos hacer de rodillas, como la de estos padres. Porque sabemos que en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo existimos y nos movemos.

Y para nuestra reflexión es útil recordar que en nombre de la Trinidad bautizamos; en nombre de la Trinidad ungimos la frente del joven cuando lo confirmamos para hacerlo Testigo de la Vida que le ha regalado Dios al Hombre por Cristo; en nombre de la Trinidad trazamos la cruz en el sacramento de la reconciliación cuando confesamos nuestros pecados; en nombre de la Trinidad

consagran el amor los novios en el sacramento del matrimonio; en nombre de la Trinidad imponemos las manos sobre las cabezas de los nuevos sacerdotes para consagrarlos; en nombre de la Trinidad celebramos la Eucaristía y en su nombre consagran sus vidas las mujeres y los varones que asumen la vida religiosa; en nombre de la Trinidad ungimos los sentidos de los enfermos; en nombre de la Trinidad ponemos una cruz en cada sepulcro de nuestros muertos;

en nombre de la Trinidad bendecimos todo cuanto hace el hombre y toda criatura o cosa de la creación para servicio del hombre y glorificación de Dios.

En nombre de la Trinidad iniciamos el día, bendecimos los alimentos que comemos y cerramos cada jornada por la noche antes de entregarnos al descanso.

La misma Iglesia nace de la Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia es hija de la Trinidad. El cristiano es hijo de la Trinidad. Esta verdad del nacimiento de la Iglesia en la Trinidad es fundamental para comprenderla y comprender su misión en el mundo. Desde aquí comprenderemos

mejor toda la obra colosal llevada a cabo por el Concilio Vaticano Segundo.

Más aún, toda la creación; todo cuanto nos rodea está marcado y sellado por la presencia de Dios Trinitario. El que tiene alma contemplativa podrá descubrir las huellas de Dios Padre que crea y saca de la nada a la existencia todo cuanto existe. Descubriremos que el Hijo, Jesucristo es quien reconcilia, redime, salva, libera, lleva a toda la creación a la armonía rota por el pecado del hombre. Es el Espíritu Santo que purifica, reúne lo disperso, santifica, convoca a los hombres a vivir en fraternidad y comunión entre sí para hacer un pueblo nuevo que sea santo, sacerdotal y señor de las cosas. Nos hace verdaderamente el Pueblo de la Trinidad.

Esta presencia viva de la Santísima Trinidad en el corazón del cristiano es el secreto que hace fuerte a los mártires; que le da fuerza a todos los que trabajan por la justicia y el encuentro entre los hombres; es quien le da sabiduría y fortaleza para que los pueblos luchen para ser respetados y considerados como templos vivos de la Trinidad; es aquí donde encuentran sentido la vida de los

consagrados que entregan totalmente la vida al servicio de sus hermanos; es aquí donde se mantienen frescos y permanentes los valores eternos escondidos en el corazón del Pueblo.

Todo lo abarca y todo lo llena la presencia y la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Frecuentemente encontramos hermanos nuestros que se sorprenden o no entienden todos estos gestos que acabamos de señalar. La respuesta es fácil: existe la presencia de ALGUIEN que es la Trinidad que infunde VIDA, FORTALEZA, ESPERANZA, LUZ y un profundo y operante AMOR para que se lleven a cabo las más profundas transformaciones. En pocas palabras; es aquí donde estaba el secreto de esos padres que besaban el pechito del niño. Ellos habían comprendido todo esto. Con un gesto simple nos enseñaban una profunda lección para la vida.

Jamás podrá arrancarse del corazón del hombre cristiano o de corazón recto, a este Dios Trinitario que misteriosa y eficazmente obra en el corazón de cada hombre y en el corazón de cada pueblo. Comprender y explicar en sentido profundo, la historia y los gestos de nuestro pueblo riojano, sólo lo podremos hacer si lo sabemos ver con ojos iluminados por esta realidad: El Dios Trinitario que camina con su pueblo. Podemos decir que nuestro pueblo riojano es hijo de la Trinidad, porque fue bautizado en su Nombre que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Qué pobres somos y cómo, a veces nos equivocamos, cuando pretendemos juzgar a la Iglesia de la Trinidad con razones puramente humanas o considerarla como simple Institución humana. Más allá de lo que los hombres podemos equivocarnos como fruto de la limitación humana o de nuestros pecados personales, sin embargo nos debe alentar y darnos una serena paz interior el saber con certeza que existe una presencia viva y verdadera del Espíritu Santo que anima y asiste permanentemente a la Iglesia como Cristo la fundó, para que la VIDA TRINITARIA traída al mundo por Cristo, sea cada vez más abundante y plena en el corazón de los pueblos. cumplimiento de su misión, para que los hombres y los pueblos sean siempre templos vivos de Dios y tratados como a tales. Aquí debemos ubicar el gran servicio que presta a la humanidad cuando señala todo aquello que atenta contra la dignidad del hombre y de los pueblos y que no los hace libres y felices sino

desgraciados y esclavos. El hombre no ha sido creado, redimido y santificado por la Trinidad para ser esclavo sino libre; para ser feliz y no oprimido; para ser protagonista de su propio destino y no obsecuente. Solamente adorarás a Dios y a Él sólo servirás nos enseña el primer gran mandamiento; con toda tus fuerzas, con tu mente y corazón y el segundo, semejante a éste; esto mismo harás con tu hermano, que es todo hombre.

Por eso, también, todo esto nos recuerda que la Iglesia no puede ni debe reducir su misión a los templos materiales; allí deberá cumplir su gran misión litúrgica; pero no acaba allí su misión, sino que comienza y termina donde se juega la vida de cada hombre y de cada pueblo, que va más allá de los muros del templo. Todo esto nos debe hacer reflexionar ante hechos dolorosos que son fruto de confusiones e intereses egoístas que están en juego. Bendigamos al Dios de la Trinidad que todas las cosas y realizaciones que se vienen haciendo para que nuestro pueblo sea feliz y hermanado, pero con actitud crítica positiva y constructiva; por tanto, ayudemos a que en el seno de nuestra comunidad riojana, como lo debe ser de toda la comunidad argentina, desaparezcan

situaciones y realidades que nos deben avergonzar como pueblo y es ofensa grave a Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Miremos la vida y todo nuestro proceso con ojos sencillos y corazón recto para que no nos autoengañemos. Convenzámonos que Dios Trinitario es quien y en quien fuimos marcados por el bautismo haciéndonos un pueblo nuevo, es el Dios de la Verdad, de la Luz, de la Vida, de la Justicia, de la Esperanza, de la Misericordia y del Amor. No es el Dios que nos llama a construir con lo que es fruto de la mentira, de la injuria y de la explotación del hombre por el hombre.

Nuestro Dios Trinitario es Padre celoso de su Pueblo. Pero seguimos creyendo firmemente y esperando serenamente que en este Año Santo, más allá de nuestras pequeñeces, florecerá un nuevo amanecer para la vida de nuestro pueblo riojano. El Espíritu Santo sopla donde quiere y cuando quiere. Esto me da certeza para afirmar que en el corazón de nuestro pueblo, aunque lentamente, el Espíritu Santo ya viene realizando “hechos” y “gestos”, que preanuncian

acontecimientos felices.

Finalmente Amigos: la más estupenda prueba de AMOR del Dios Trinitario ha sido regalarnos

a los hombres a CRISTO, la Segunda Persona de la Trinidad. Este Cristo sigue presente entre nosotros como Señor de la historia. Una de las presencias de Cristo entre los hombres, la más estupenda, es su presencia en la EUCARISTIA.

Allí está real y verdaderamente presente bajo las apariencias de pan y vino. También los cristianos celebramos de una manera especial la festividad del Santísimo Cuerpo de Cristo; la llamamos, también la fiesta del “Corpus”. Será el próximo jueves. Este año queremos darle un sentido especial. En la Eucaristía los hombres nos encontramos como comunidad fraternal y desde ella salimos para construirla con nuestros demás hermanos. En la Eucaristía celebramos el gran encuentro fraternal; es la Pascua de la reconciliación. Además, como argentino, celebraremos un Congreso Eucarístico Nacional en Salta. Todos esperamos que este Congreso sea para la Argentina lo que fue el

Congreso del 1934 para la Argentina de entonces. Por eso les indico lo siguiente:

  1. Traten todas las comunidades parroquiales de tener un Triduo preparatorio a la celebración del Corpus, de la manera que ustedes lo juzguen mejor.
  2. En el Día de Corpus, jueves próximo, en la ciudad de La Rioja, celebren las misas solamente por la mañana. Por la tarde, este año haremos la Procesión con el Santísimo Sacramento en torno a la Plaza 25 de Mayo finalizando con la gran concelebración en la Catedral.
  3. Pidamos a Cristo Eucarístico para que en la Argentina y en La Rioja se realicen los grandes objetivos del Año Santo, así como lo quiere Dios. Pidamos también, para que el próximo Congreso Eucarístico no sea una manifestación solamente externa, sino el punto de partida para una Patria que se reencuentra como pueblo en la construcción de una Argentina que sea capaz de hacer

felices a todos los argentinos. Pidamos, finalmente, por aquellos hermanos nuestros, que pudiendo estar ofuscados y enceguecidos por otros intereses, vean la luz y se sumen a la construcción de una Rioja de la que todos nos debemos sentir protagonistas.

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