CORPUS CHRISTI – HOMILÍAS RADIALES DE MONS. ANGELELLI

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Enrique Angelelli.

Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba. Tomo 2 pags 85-88
La Rioja, 13 de junio de 1971
CORPUS CHRISTI
Génesis 14, 18-20 1 Corintios 11, 23-26 San Lucas 9, 11-17

Cuando reflexionábamos, el domingo pasado, acerca de la Fiesta de la Santa Trinidad, decíamos que en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, debíamos buscar el centro y la fuente de nuestra Fe Cristiana; la fuente y el origen de la Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo.
No partir desde aquí nos desubicaría y no entenderíamos qué es la Iglesia. No entenderíamos quién es el hombre.
Durante esta semana que pasó, la Eucaristía fue el centro de nuestra meditación descubriendo en Ella, la meta de la comunidad cristiana y, a la vez, la que engendra la comunidad. Y como prueba del amor que el Padre tiene con los hombres, celebramos el viernes próximo, la fiesta del corazón de Cristo.
Así se juega Dios por los Hombres.
Se hace difícil tener que iluminar permanentemente con el Evangelio la vida y los acontecimientos que teje la vida de los hombres.
Reflexionar diariamente con las páginas de la Biblia y en los documentos del Magisterio de la Iglesia, desentrañando la sabiduría que. ayude a orientar la vida de un pueblo, en todas sus manifestaciones,· constituye hoy, el deber más grave y difícil en la misión pastoral. “Se torna cada vez más difícil de cumplir la misión profética de la Iglesia, imitando a Cristo Profeta, Maestro. Y sin embargo no lo podemos eludir porque estamos atados a un ministerio por la responsabilidad de Pastor de Pueblo de Dios, confiado por el mismo Espíritu de Cristo.
Una doble fidelidad debemos tener siempre presente: fidelidad a Dios que nos habla de distinta maneras y fidelidad a los hombres, a quienes tenemos que anunciarles el mensaje de liberación y salvación. Ambas fidelidades, hecha la opción de ser pastores de la Comunidad, nos ata, nos exige renuncias, nos hace ser pastores de la comunidad; nos hace libres interiormente y a la vez nos crucifica; nos exige que antes seamos imitadores y realizadores de la Palabra de Dios en nuestras propias vidas y a la vez que antes obedezcamos a
Dios que a los hombres. Nos exige el obsequio de la obediencia racional apoyados en la Fe y nos lanza a ser testigos del hombre nuevo realizados en Cristo.
Proclamadores de la muerte y de la Resurrección de Cristo con todas las consecuencias que implican morir y resucitar. Este delicado y grave misterio del Obispo, es participado por quienes son consagrados sacerdotes de Jesucristo y son enviados por el Obispo a presidir las distintas comunidades de la Diócesis para que anuncien
el Evangelio y celebren la Eucaristía, ayudando a los hombres nuestros hermanos, que se liberen del pecado y la consecuencia del pecado, en lo personal y en lo comunitario. Y cuando esos sacerdotes faltan en la comunidad, el Obispo deberá encomendar a laicos penetrados por el conocimiento y por el testimonio de Vida, de la palabra
de Dios y de la vivencia de la Iglesia, presidan la comunidad de acuerdo a la competencia que les da su condición de cristianos, unidos a su Obispo y a sus hermanos. Lo importante en la vida es que Jesucristo sea anunciado, conocido, vivido y testimoniado con la acción de cada día. Tenemos obligación de hacer fructificar los dones que el Espíritu Santo ha distribuido en los miembros del Pueblo de Dios para que la liberación traída por Cristo a todos los Hombres se realice en todo nuestro pueblo.
Por eso esta celebración dominical, en esta Iglesia Catedral y que puede ser participada gracias a L.V. 14, es una bendición de Dios para La Rioja, porque en ella, se irá ahondando cada vez más el sentido diocesano y el encuentro semanal de quienes nos sentimos confraternizados en la Eucaristía de Señor. El hacer fructificar los dones, de que nos habla San Pablo en su carta, significa que deberemos ponerlos siempre en común para que la comunidad crezca y madure en su Fe, en la esperanza y en el amor.
Nosotros sacerdotes de Jesucristo puestos por el Señor para servir y ayudar a caminar y madurar a nuestras comunidades, nos urge el grave deber pastoral como cristianos y como pastores, el conocer cada vez más en profundidad las Sagradas Escrituras, la abundante doctrina expuesta por la Iglesia en su Magisterio, la reflexión
teológica basada en la Palabra de Dios y en la vida concreta de los hombres, el conocimiento y el análisis sereno y hondo de los acontecimientos que a diario van tejiendo la historia humana, para ser buenos pastores de nuestro pueblo. El tomar cada día la Cruz, como nos invita el Señor, significa para nosotros y para el laicado que quiere ayudar a seguir construyendo el reino de Dios, al tener que actualizarnos permanentemente como nos pide insistentemente la Iglesia y lo reclama el mundo en que vivimos. Todo esto constituye, muchas veces,
una cruz pesada, renuncias a nuestros gustos, aún legítimos, y una permanente actitud interior de conversión de mente y corazón.
Sobre esto no nos cansaremos de seguirlo anunciando e invitando. No lo permitamos nunca en la vida, el dejar de ser luz y sal para nuestro pueblo. ‘Esto nos toca a todos sacerdotes, religiosas y laicos. Pero especialmente a los pastores del Pueblo de Dios. Sería lamentable que después de cinco años de un Concilio, como el Vaticano Segundo, aún no lo conociéramos, ni lo hubiésemos leído por lo menos una vez; no lo analizáramos y lo reflexionemos personal y comunitariamente; no lo estemos rumiando para que se interiorice nuestra vida
eclesial. Dios, a quién le dio mucho, le pedirá mucho, cuando seamos juzgados en nuestra vida por el Señor. Los hombres podemos engañar y engañarnos, pero el Señor, no, porque Él lee lo secreto de nuestro corazón.
Si hemos optado pastoralmente para que la Diócesis camine hacia una renovación conforme con el Concilio, no es un capricho, no es una opinión más, ni es optativo; no podemos ni debemos detenernos en el esfuerzo que se viene realizando para lograrlo; sabemos que su concreción seguirá teniendo el precio de toda autenticidad: el
sufrimiento. También será bueno ponernos en la presencia de Dios y preguntarnos si las resistencias que podemos poner en la renovación querida por la Iglesia y exigida por el mundo actual, no es fruto de una
ignorancia culpable, de la comodidad, del aburguesamiento de la vida, de la resistencia del Soplo del Espíritu Santo que nos sacude interiormente a todos: sacerdotes, religiosas y laicos. Los esfuerzos realizados por todos, en el dolor y la alegría, nos indican que el Espíritu Santo sigue moviendo a nuestra comunidad, de diversas maneras, para que no nos detengamos en el esfuerzo emprendido.
No quisiéramos que nadie se quede en el camino; convocamos nuevamente a todos para que vayamos construyendo a nuestra Iglesia Diocesana diariamente hasta que logre madurez y adultez en todos sus miembros.
La Iglesia es suficientemente clara e indicativa en su abundante documentación emanada del Magisterio, para asumir la hora en que vivimos con sereno coraje, puesta la confianza en el Señor, porque la acción nos urge con características de dramatismo. No podemos perder el tiempo en mezquindades y encerrados en nuestro egoísmo; hay demasiado dolor, miseria, problemas de los hombres para resolver. Después de cinco años de Concilio la misma Iglesia que lo convocó universalmente ahora convoca de nuevo a los pastores de todo el mundo en sus representantes, para reflexionar dos grandes temas: EL SACERDOCIO (que no es sólo si el sacerdote se casa o no) y la JUSTICIA en el MUNDO. Los acontecimientos y el cambio vertiginoso de la sociedad hace que la Iglesia esté permanentemente como un vigía en la noche, no por táctica sino para damos la Luz de Dios en el camino nuevo que a diario emprendemos los hombres.
Amigos Oyentes: Los dones que el Espíritu Santo derramó en nosotros, volquémoslos en la acción inmediata para resolver tantos problemas de nuestros hermanos, de nuestro pueblo en la ciudad y en el interior. Los que estamos en la ciudad y en el centro, ¿por qué no les damos todos juntos una manita a los del interior, especialmente a los más abandonados, antes de que se vayan a otras partes? No nos rindamos ante la magnitud de los problemas y ante la superficialidad de críticas e impresiones. Con la fuerza de Dios y el esfuerzo de nuestra acción comprometida seguiremos adelante ayudándonos los unos con los otros. Lo importante es quitar de nosotros todo aquello que impide que los otros sean felices y que hagamos una Rioja Mejor y una Diócesis como la quiere el Concilio, que es lo mismo, como la quiere Dios.

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