Homilía del Señor Nuncio Apostólico Mons. Emil Paul Tscherrig en el 40° aniversario de la muerte de Mons. Angelelli

Homilía 40º aniversario muerte di S.E. Mons. Enrique Angelelli

(Punta de los Llanos, 30.07.2016)

 

 

2016-07 Punta de los Llanos2

Excelencia Monseñor Marcelo Daniel Colombo, Obispo de esta querida Diócesis de La Rioja, Queridos Hermanos Arzobispos y Obispos,

Señores Gobernador y Vicegobernador de la Provincia de La Rioja,

Estimadas autoridades civiles,

Hermanos sacerdotes, diáconos, consagradas,

Hermanos y hermanas en Jesucristo:

Es para mí una ocasión muy especial visitar su Diócesis para conmemorar con toda la comunidad diocesana el cuadragésimo aniversario de la trágica muerte de Monseñor Enrique Angelelli, Obispo de esta querida Diócesis de La Rioja, profeta y autentico testigo de la fe en un país asolado de la violencia. Quiero recordar también a los hermanos sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville y al catequista Wenceslao Pedernera, “antesala dramática del asesinato de Mons. Angelelli”, como escribió su Obispo Mons. Colombo (Cfr. Luis O. Liberti, SVD, Pablo N. Pastrone, Enrique Angelelli, 6). Los saludo a todos en el nombre del Santo Padre Francisco que les envía su cariño y su Bendición Apostólica como signo de su cercanía espiritual y su amor por el pueblo de estas tierras.

El 4 de agosto de 2006, el entonces Cardenal Jorge Bergoglio visitó La Rioja con la ocasión del trigésimo aniversario de la muerte de Mons. Angelelli. En su homilía en la catedral de la La Rioja habló sobre todo del diálogo del Obispo con su Pueblo y destacó: este diálogo entre la Iglesia y su Pastor “tiene esas dos actitudes” que son: “coraje para anunciar el Evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades que la misma predicación del Evangelio provoca”. Y previniendo la acusación de hacer política, Bergoglio citó a Lumen Gentium que declara que “el santo pueblo fiel de Dios es infalible in credendo, y cuando el dialogo entre el pastor, el conjunto de pueblo de Dios, el gran pastor, Cristo, el Papa, los Obispos, cuando el diálogo va por el mismo camino no se puede equivocar porque lo asiste el Espíritu Santo”. Con este gesto el Cardenal desarmó a los que atacaron al Obispo denigrando su labor pastoral y que declararon que no estaba en comunión ni con el Colegio Episcopal ni con el Papa. Después el mismo Cardenal Bergoglio contó de haber visto y vivido este diálogo eclesial entre el Pastor y su pueblo en La Rioja cuando visitó esta provincia acompañando al Padre Arrupe, el entonces General de la Compañía de Jesús. El Cardenal caracterizó a Mons. Angelelli como “un enamorado de su pueblo” con un gran corazón por los ancianos, los pobres, los enfermos, la justicia. Mons. Enrique expresó ese amor en una poesía: “Déjame que te cuente lo que me quema por dentro; es amor que se hizo carne con chayas y dolor de pueblo”. Don Enrique estaba convencido “de que el hombre hecho de barro escondía adentro un proyecto de la Trinidad, un proyecto de Dios”, que era “una mezcla de tierra y de cielo, proyecto humano- divino…” que “en cada hombre se hace rostro y su historia se hace pueblo” (El hombre, proyecto de Pueblo).

Queridos Hermanos, en el Evangelio de hoy encontramos el profundo y antiguo deseo del hombre de poseer cada vez más bienes, lo contrario a servir. Jesús rechaza el pedido de alguien que lo quiere involucrar en una cuestión de dinero entre hermanos, y aprovecha el momento para dirigirse a los que piensan que la plenitud de la vida se alcanza con las riquezas, y les enseña que la vida no depende de los bienes materiales (Lc 13, 13,-15). Se añade la parábola del rico necio (12, 16 – 21). Un hombre rico que no sabe qué hacer con tantos bienes que posee, decide destruir sus depósitos para construir otros más grandes y dedicarse después a descansar. Pero la voz celestial le advierte que morirá esa misma noche, y los bienes y no les servirán para nada. Esta parábola muestra la figura del que acumula para sí, en vez de recibir los bienes como una bendición de Dios que debe compartir con los hermanos, y de esta forma convertirse en rico a los ojos de Dios.

Jesús nos advierte contra la avaricia, este insaciable deseo de poseer, de valer, de dominar, de cerrarse a los demás. El sabio del Antiguo Testamento, Cohélet, llama a este esfuerzo humano de rodearse de riquezas “vanidad”, porque al fin de la vida, saldremos de este mundo con las manos vacías. Lo que Jesús nos pide, en cambio, es pasar del consumo a la entrega en favor de los demás, de la avaricia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir aprendiendo en este camino de cristiano que el dar es mucho más que un simple renunciar. Este camino implica desde siempre dar de sí mismo, su energía, su inteligencia y su vida a los demás. Significa crear algo de nuevo consumiéndose por los demás. Este es el ideal cristiano y los padres de familia y tantas personas que aman, lo practican cada día para dar vida a sus hijos y seres queridos. Este es también el espíritu con el cual el pastor entrega toda su vida para la santificación del pueblo que la Iglesia le encomienda.

Este ideal fue también la inspiración permanente de Mons. Enrique Angelelli. Como hombre del Concilio Vaticano II, se sentía desde su llegada a La Rioja “hombre de tierra adentro” que hablaba su mismo lenguaje. Un hombre que quiso identificarse con los riojanos y dar lo mejor de sí mismo por el pueblo cargándolo sobre sus hombros. El recorrió la extensa diócesis, sus cerros, valles, quebradas, viñas y llanos. Descubrió que La Rioja vivía situaciones trágicas de subdesarrollo, de hambre, miseria, enfermedades endémicas, analfabetismo y salarios injustos. Ya en su primer mensaje a la Diócesis habló de una “tierra que guarda en sus entrañas metales preciosos; donde florece la vid y el olivo; tierra sedienta, esperando que le recojan el agua de sus entrañas para hacer felices a sus hijos”. El anheló una tierra abierta al progreso, a la técnica y a los auténticos valores de la realización integral del hombre riojano, donde la riqueza se transforme en bendición para  todos. Así Mons. Angelelli se hizo “Evangelio” por esta tierra riojana.

Era el Evangelio, que lo unía a la mirada de Cristo hacia los pobres, sufrientes y los valores evangélicos como la justicia, la liberación y el desarrollo integral de la persona humana y su cultura. El solicitó para la labor pastoral un “oído en el pueblo y otro oído en el Evangelio”. Enterándose de este proyecto pastoral uno piensa inmediatamente  en las palabras del Papa Francisco que exhorta en Evangelii Gaudium que el predicador “necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (EG, 154). O cuando escribe que “un predicador es un contemplativo de la Palabra (de Dios) y también un contemplativo del Pueblo” (ibídem). No cabe duda que, para Mons. Enrique, Cristo encarnado en el Pueblo y su historia, era la referencia última para cualquier proceso de cambio y progreso. La crítica situación de su tiempo fue para él ante todo signo de una profunda crisis de los valores morales que requería traducir en hechos concretos el amor cristiano (cfr. Homilía Radial, 1975). Me atrevo a pensar que Mons. Angelelli dirige estos pensamientos a cada uno de nosotros con la invitación a superar las divisiones e injusticias que todavía vivimos y a ser instrumentos de reconciliación, justicia y paz.

Don Enrique fue acusado, denigrado y perseguido junto con otros sacerdotes, religiosos y laicos. Pero el habló sin miedo en nombre de Cristo y el Evangelio. En una de sus homilías recordó que era su deber hablar desde la fe sobre el conflicto que ensangrentó La Rioja y todo el País. “De no hacerlo, dijo, me sentiría por lo menos intranquilo de conciencia: es un deber … No a la violencia, sí al Evangelio … No queremos la violencia ni ninguna de sus manifestaciones: no queremos cambiar la escala de valores que nos rige, pues son valores evangélicos que no pueden ser troncados por antivalores que atentan contra la identidad de nuestro pueblo”. Y concluyó: “Es la misión de obispo y de toda la Iglesia cuidar para que las piedras vivas del cuerpo de Cristo sean respetadas y embellecidas. La piedra viva es cada hombre” (Homilía, 27 de abril de 1975).

Queridos hermanos, cuarenta años después de su muerte, el mismo Pastor nos pregunta si hemos realizado su sueño de ser piedras vivas de esta provincia y diócesis de La Rioja. Con Mons. Enrique nos interpelan todas las víctimas de la violencia, la arrogancia y prepotencia humana y nos piden ser un pueblo reconciliado que vive en armonía, justicia y comunión. Los muertos del pasado nos invitan con el Apóstol San Pablo a vivir como miembros del Cuerpo de Cristo, a embellecer nuestra relación con Dios y los demás, a hacer morir en nosotros “todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también  la avaricia, que es una forma de idolatría”. Si aprovechamos esta conmemoración para reconciliarnos con el pasado, crearemos sentimientos de la paz entre nosotros, obtendremos el don del perdón dado y recibido como signos de un nuevo inicio y de la paz. Si lo lográramos, con la ayuda de Dios misericordioso, esta paz alegraría el cielo, y Mons. Angelelli y tantas inocentes víctimas nos asistirían para aliviar el peso de nuestra historia y caminar con confianza construyendo el futuro.

        Por tanto agradecemos al Señor por la vida del Hermano Obispo Enrique y por todo el bien que ha hecho peregrinando en medio de nosotros. Que continúe rezando por nosotros ante el Señor, el eterno Pastor de su rebaño. Y por terminar quisiera citar un extracto de una poesía de Mons. Enrique que me gusta mucho y que lleva el título: “Oración a mi sacerdocio”:

Siento que mi tierra, dolorida y

esperanzada reza y canta

en su historia, vida y mensaje…

Peregrina conmigo, en mi carne y

en mi sangre,

me parece escucharla con su chaya.

 

Mi vida fue como el arroyo…

anunciar el aleluya a los pobres

y pulirse en el interior;

canto rodado en el pueblo

y silencio de “encuentros”…

contigo… solo… Señor.

 

Mi vida fue como el sauzal…

pegadita junto al Río

para dar sombra nomás.

 

Mi vida canta hoy dichosa a Ti, Señor…

Es misterio que se hizo camino

ya andado un buen trecho, Señor.

 

Mi tierra está preñada de vida

en esta noche de dolor,

esperando que despunte el alba

con un hombre nuevo, Señor.

 

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