CELEBRACIÓN DIOCESANA DE LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

PRESENTACIÓN DEL MENSAJE DEL PAPA PARA LA JORNADA MUNDIAL POR LAS VOCACIONES E INVITACIÓN A PREPARAR ESA JORNADA EN LAS COMUNIDADES

“EMPUJADOS POR EL ESPÍRITU PARA LA MISIÓN”

Mis queridos hermanos,

Cercana la Jornada Mundial por las Vocaciones a la que llamamos familiarmente la Fiesta del Buen Pastor, el cuarto domingo de Pascua, deseo presentarles el Mensaje del Papa Francisco para que en todas las parroquias y comunidades se tenga a mano el pensamiento vivo de nuestro Papa que nos invita a rezar por las vocaciones mientras nos propone una serie de elementos que iluminan esa plegaria nuestra.

 

Toda vocación es una llamada misionera

Francisco destaca la dimensión misionera de toda vocación. El cristiano es esencialmente un discípulo misionero de Cristo, con quien camina por la vida, anunciándolo y dejando de lado cualquier tentación de éxito o poder en el intento. Servir misioneramente desde la propia vocación es hacerse portador de la luz de Cristo. El Papa no deja de insistir en que superemos toda forma de auto-referencialidad para concentrarnos en el amor de Dios que nos impulsa a llevarlo a los hermanos.

Es muy hermoso ver la actuación entusiasta de jóvenes y adultos que integran grupos misioneros y pasan algunos días de sus vacaciones llevando la Buena Noticia del Señor a los hermanos de poblaciones lejanas en general muy pobres y necesitadas del aliento espiritual que le lleva el abrazo misionero de estos grupos y que se concreta en visitas domiciliarias, celebraciones catequísticas, oratorios festivos y otras actividades que en la pedagogía misionera de la Iglesia aviva la fe.

Sin embargo esta actuación no debe limitarse a unos pocos días de verano sino que cada parroquia y comunidad debería animarse a prolongar en un estilo de vida inquieto y sensible esa Iglesia “en salida” que no le teme a los caminos difíciles sino a quedarse sosegada con la falsa ilusión de haberlo dado todo.

La propuesta del Papa Francisco se inscribe en una mirada integral del misterio de la vocación donde el corazón generoso del cristiano discierne con la ayuda del Espíritu Santo y la mediación de sus educadores o responsables de comunidad, la respuesta que plenifique su ser y lo lleve a darse y a darlo todo por el Reino de Dios. Les adjunto su Mensaje para esta Jornada así pueden tenerlo y procurar su reflexión en las comunidades y grupos. Se trata de una oportunidad en el año pastoral en que estamos invitados a madurar nuestra comprensión del misterio de la vocación.

“Sal de tu tierra…” (Génesis 12,1)

Cuando miro el mapa de nuestra provincia y más concretamente considero nuestra presencia eclesial en ciudades, pueblos y parajes, la memoria del corazón me trae a la mente tantas comunidades y rostros de hermanos y hermanas que mantienen viva su fe, que trabajan para compartirla allí donde viven, estudian o trabajan. En mis visitas para confirmar o a las fiestas patronales pero sobre todo en mi visita pastoral con San Nicolás, ese mapa habla de mucha vida en semilla, de cristianos que quieren jugarse por Jesús y su Iglesia.

Es preocupante la falta de sacerdotes y religiosas que puedan acompañarlos y ayudarlos a profundizar su camino de fe. No siempre tienen su misa o celebración dominical. Tampoco bastaría si así fuera. A la importancia de la vida sacramental se une de manera imprescindible la iluminación de la fe a través de la formación permanente del cristiano concretada en respuestas pedagógicas adecuadas al itinerario de fe de nuestro pueblo. Necesitamos para ello sacerdotes y religiosas misioneros pero también tenemos que formar en nuestros animadores parroquiales, catequistas y servidores de Cáritas, una perspectiva misionera que los lleve a compartir la Buena Noticia del Señor más allá de sus comunidades de origen.

“Pidan al Dueño de la mies“(Mateo 9,38).

Recemos a Dios para que no deje de llamar a muchachos y chicas de nuestras comunidades al servicio de la proclamación de la Buena Noticia del Reino de Dios en el sacerdocio y la vida consagrada. Uniéndonos en esta oración confiada al Padre, sabemos que no dejaremos solos al Hijo que ha querido contar con nosotros. Si el Espíritu impulsa a la misión, que llame con fuerza a la puerta del corazón de cristianos dispuestos a anunciar a Jesucristo, Luz del mundo y Señor de la historia.

Dos actividades de animación y reflexión vocacional tendrán lugar en la Diócesis en esta Jornada del Buen Pastor. Les ruego que no dejen de invitar a los jóvenes de sus parroquias en la medida de la cercanía y las posibilidades de traslado.

  • En la ciudad Capital, el sábado 6 de mayo de 19 a 24 hs. en la Capilla Sagrado Corazón, por Av. Julio Corzo, al lado de la nueva Escuela Normal frente al Tajamar.
  • En Chilecito, el domingo 7 de mayo desde las 16 hs. en el salón San Pablo con dinámicas y charla sobre la vocaciones, para concluir con la misa de jóvenes.

Finalmente, les recuerdo que las colectas de ese fin de semana, serán destinadas íntegramente a la formación sacerdotal. Es la única colecta imperada diocesana y tiene esta importante finalidad que redunda en un mejor acompañamiento vocacional de nuestros seminaristas que concurren a los seminarios de las Arquidiócesis de San Juan y de Córdoba.

Los saludo con afecto en el Señor, nuestro buen Pastor resucitado.

 La Rioja, 17 de Abril, en la Octava de Pascua de 2017.

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 54° JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Empujados por el Espíritu para la Misión

 

Queridos hermanos y hermanas

En los años anteriores, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre dos aspectos de la vocación cristiana: la invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, y la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado donde la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta

Ahora, con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. Evangelium gaudium, 21).

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria. No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,7-8).

Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch 10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos (cf. Catequesis, 30 enero 2016). Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido «aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres (cf. Homilía durante la Santa Misa Crismal, 24 marzo 2016). La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44).

Ciertamente, son muchas las preguntas que se plantean cuando hablamos de la misión cristiana: ¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar? ¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión? A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-27).

Jesús es ungido por el Espíritu y enviado. Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo, que Jesús mismo ha descrito en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18). Esta es también nuestra misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanos para anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación.

Jesús camina con nosotros. Ante los interrogantes que brotan del corazón del hombre y ante los retos que plantea la realidad, podemos sentir una sensación de extravío y percibir que nos faltan energías y esperanza. Existe el peligro de que veamos la misión cristiana como una mera utopía irrealizable o, en cualquier caso, como una realidad que supera nuestras fuerzas. Pero si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-15), nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado. Los dos discípulos, golpeados por el escándalo de la Cruz, están volviendo a su casa recorriendo la vía de la derrota: llevan en el corazón una esperanza rota y un sueño que no se ha realizado. En ellos la alegría del Evangelio ha dejado espacio a la tristeza. ¿Qué hace Jesús? No los juzga, camina con ellos y, en vez de levantar un muro, abre una nueva brecha. Lentamente comienza a trasformar su desánimo, hace que arda su corazón y les abre sus ojos, anunciándoles la Palabra y partiendo el Pan. Del mismo modo, el cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Evangelii gaudium, 266).

Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.

Vaticano, 27 de noviembre de 2016

Francisco

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