HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

(Catedral y Santuario de San Nicolás, La Rioja, 18-06-2017)

Mis queridos hermanos,

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos convoca una vez más para expresar públicamente nuestro seguimiento del Señor, Pan Vivo bajado del cielo. Comunidad de discípulos de un Dios que se entrega incondicionalmente por amor, nos reunimos para hacer presente la vitalidad de ese amor redentor que nos dignifica.

 

  1. MEMORIA

En la primera lectura (Deut. 8, 2-3. 14-16), la Palabra de Dios nos invita a considerar la obra de Dios en la historia del Pueblo de Dios al sacarlos de la esclavitud y conducirlos por el desierto a la tierra prometida. Es una llamada a una memoria agradecida. Lejos de descartar los momentos de fracaso, infidelidad y angustia de los hombres, los evoca con justeza para señalar cuán grande es el amor de Dios, un Dios compañero de los hombres,  que no los destina a un lugar de pasividad sino que los constituye en sus interlocutores, enseñándonos que no sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Dios es el Padre que nos da la Palabra, la libertad y un Pan que en Cristo se revelará pleno y definitivo para nuestra vida.

Nosotros, la Iglesia, somos ese Pueblo de la Palabra, de la Libertad y del Pan. Llevamos en nuestros corazones y en la memoria del camino estos dones que en su Providencia Dios ha querido confiarnos no para cerrarnos en un disfrute egoísta sino para fecundar nuestro propio andar fraterno y solidario. ¿Cómo aceptar entonces, sin una respuesta urgente y comprometida de los cristianos, que haya hermanos que todavía no han recibido la Palabra en sus vidas, hombres y mujeres que viven en el cautiverio de las adicciones, personas y familias que padecen hambre?

En un país rico de alimentos como el nuestro, es escandaloso el incremento permanente de los precios de los alimentos básicos de la canasta familiar. Más de una vez hemos escuchado a distintos funcionarios explicar e incluso querer justificar las “cadenas” de precios que se van agigantando por segmentos y que deja en situación de pobreza a numerosos productores que han generado esos bienes e impide además su acceso a los más pobres. Esas cadenas de la exclusión seguramente tienen sus responsables y beneficiarios.

Para el bien del pueblo encomendado, las autoridades correspondientes deben acometer con energía, eficacia y verdadero compromiso, la problemática de la inflación en el precio de los alimentos y poner los límites que sean necesarios a los desbordes de la ambición de algunos sectores que amontonan pingües ganancias a costa del hambre de tantos hermanos. Algunos de ellos, inclusive donan más tarde y pomposamente algunas miguitas, abanderándose en la responsabilidad social empresaria, constituyendo fundaciones que despiertan la admiración de las tapas de diarios y revistas. En nombre de Dios, les pedimos que antes no fabriquen el hambre ni las necesidades básicas de nuestra gente con su irresponsabilidad y avaricia.

Ayer, en una hermosísima Asamblea Decanal, los hermanos del Decanato San Francisco Solano nos ayudaron con sus propios testimonios. Le pusieron nombre a las distintas pobrezas y hambres que hoy agobian a nuestras familias y comunidades. No porque no las conociéramos sino porque necesitamos una y otra vez considerar lo que nos esclaviza, limita y hunde, para apretarnos solidariamente en torno al Señor y buscar repechar juntos la realidad cruda y desafiante. La pobreza es un “monstruo grande y pisa fuerte”, como dice la canción, y por eso nos pide la fuerza testimonial de un amor que es misión, anuncio gozoso de Jesucristo, y solidaridad, entrega generosa y compartida de los hermanos.  

  1. UNIDAD
Presente entre nosotros, Jesús se nos reparte y nos invita a  la unidad. Él es su fundamento. (…) la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cf. 1 Co 10,17). Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos.” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 3)
Una unidad que acoge las diferencias como una oportunidad para crecer juntos, una unidad que no se asusta de que seamos muchos; al contrario se alegra y alienta mayor participación invitando a nuevos hermanos. Comer de ese pan único que es Cristo mismo nos invita a trabajar por la unidad, conscientes de las dificultades que ello implica, de los vaivenes de nuestras inconstancias y fragilidades que nos hacen traicionar la nobleza de la unidad que buscamos.
Hace un par de semanas concluyó la visita pastoral de San Nicolás a los Llanos riojanos. Fueron para mí, días inolvidables de encuentro con nuestro pueblo, sencillo y creyente, fervoroso discípulo del Dios de la Vida. Uno de los comentarios permanentes que escuchaba de tantos hermanos y hermanas que integraban los consejos pastorales o las comisiones de pueblos y capillas, era: “¡Cuánto nos unió San Nicolás! Nos juntamos y todos pusimos algo de nosotros para recibir al Santo.” La alegría que traía el visitante, que era la alegría del Evangelio mismo de Jesús, provocaba una reacción llena de vitalidad comunitaria. Del poquito de cada uno nacía la abundancia de la alegría de todos.
No se me borran de la memoria esas bandejas de pan tibio y fraterno que en lugares tan alejados de nuestra geografía diocesana los hacían cercanos por la acogida festiva de todos. Llenos de detalles, nuestros hermanos visitados nos recibían, haciéndose ellos mismos, visitantes del corazón de los que, peregrinos, llegábamos, un poco cansados pero felices. Y nos sentíamos y nos reconocíamos uno en Él, el Señor que nos llamaba a celebrar la fraternidad de los riojanos,

Por este mismo motivo, pensando en todos los riojanos, en los que visito con frecuencia como parte de mi misión de obispo, en aquellos que la están pasando mal por las crecientes dificultades económicas, quiero pedir a los cristianos que actúan en política que trabajen con todas sus energías para cuidar la institucionalidad en nuestra provincia. Se trata de apostar con toda energía a su fortalecimiento, dejando de lado comportamientos que multipliquen las divisiones y desborden las propias competencias de actuación. Con una agenda social tan importante, respetar y cuidar la institucionalidad debe ser nuestro compromiso como comunidad política, la meta permanente de todo dirigente, para contar con todos, para no perder tiempo y energías en el agravio, la prepotencia, el desconocimiento de la función del otro con chicanas políticas mezquinas y de corto plazo.

La amistad social no es una sonrisa de plástico que dice que todo está bien, que no pasa nada. Por el contrario, la amistad social tiene arrugas y cicatrices que expresan la vida vivida y conquistada. A los cristianos nos toca construir la amistad social asumiendo los rigores de desiertos y tempestades, los peligros de los atajos y desvíos, buscando siempre el camino hacia la Libertad, con una Palabra de Vida que nos llena el corazón, y el Pan compartido que nos hace uno en Él.

  1. PARA LA VIDA DE TODOS.

El Evangelio de hoy (Jn 6, 51-58) nos invita a volver sobre la vida entregada por Cristo. Su vida es la nuestra. Su sacrificio en la Cruz nos ha ganado la Vida nueva, la Vida verdadera. Recibimos este don imperecedero que es su Cuerpo y su Sangre, con la única exigencia de encontrarnos con Él para unirnos, para ser a su imagen y semejanza, Hijos del Dios amor.

 “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1)

Vuelvo con la memoria del corazón a todos los rinconcitos de la diócesis visitados con San Nicolás en estos tres años de visita pastoral, a todas las parroquias y comunidades visitadas en los cuatro años de obispo entre Uds. ¡Cuántas celebraciones de la Misa, llenas de luz y de fiesta! ¡Cuánta presencia del Señor que nos hace suyos y de los hermanos! Jesucristo, se queda entre nosotros y se nos entrega para que comiéndolo, tengamos Vida en Él.

Crecen en nuestra diócesis, distintas iniciativas relacionadas a la adoración eucarística. El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico (…)  La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino–, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual. Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas.” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 25) Agrega elocuente, San Juan Pablo II: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el « arte de la oración» ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? “(ibid)

Toda iniciativa de erigir una capilla de adoración permanente, requiere el discernimiento y el consentimiento del obispo (cfr. Congregación para el Culto Divino, Instrucción Redemptionis sacramentum, n. 140)  que es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica de la Iglesia particular que se le ha encomendado (Cf. Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio pastoral de los Obispos, Christus Dominus, día 28 de octubre de 1965, n. 15; cf. también, Const. sobre la s. Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 41; Código de Derecho Canónico, c. 387)

La adoración de Cristo vivo nos debe llevar a los rostros permanentes del mismo Señor, presente en las innumerables periferias existenciales de la vida de hoy. Por eso pido a los párrocos y responsables de las capillas de adoración que igualmente organicen la participación de quienes asistan a éstas, a sostener las iniciativas solidarias de la comunidad diocesana y en particular de la propia parroquia.

En este contexto del que venimos hablando, convoco a la comunidad diocesana a participar de la Celebración Eucarística que tendrá lugar el próximo lunes 26, a las 19.30, en la Iglesia de la Merced en la ciudad Capital. Allí celebraremos el Día de la Lucha contra las adicciones. Como comunidad cristiana estamos comprometidos a buscar junto a nuestros hermanos adictos la puerta salida de esa cautividad dolorosa. Es significativo que lo hagamos al amparo de nuestra Madre asociada a la redención de los cautivos, en un templo tan querido de nuestra ciudad donde diariamente se adora al Señor de un modo tan elocuente sea por la participación de numerosos fieles como los frutos de dicha adoración. Deseo que, especialmente, los jóvenes de la Pastoral Juvenil y los animadores de espacios parroquiales de Pastoral Familiar, educadores de nuestros colegios católicos, particularmente los que están cerca y los catequistas de Confirmación, se hagan presentes para unirnos en esa jornada de oración y clarificación de la Pastoral de Adicciones.

La hondura de adorar al Señor, vivo y presente en medio nuestro, nos invita a continuar esta contemplación del Pan vivo bajado del Cielo, en el servicio cariñoso y fraterno de tantos hermanos pobres y abatidos por situaciones dolorosas de todo tipo. Junto al acompañamiento solidario de los pobres, nos urge tomar parte en la misión evangelizadora de la Iglesia para hacer presente a Jesucristo, especialmente donde no hay  misioneros y catequistas.

Como nos enseña el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: ”La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación». Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad.” (n. 262)

Queridos hermanos en el Señor, ¡Alabado sea Jesucristo! En su seguimiento fiel, vivamos la alegría, el gozo de tomar parte de la vida y misión del Pueblo de Dios.

 

La Rioja, 18 de junio de 2017.-

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.