Homilía en la ordenación sacerdotal de Pablo Delgado y Emmanuel Varas – Catedral de La Rioja, 14 de julio de 2017

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL DE LOS DIÁCONOS SEMINARISTAS  PABLO DELGADO Y EMMANUEL VARAS

Mis queridos hermanos,

Con mucha alegría hemos venido a esta Iglesia Catedral y Santuario de San Nicolás para recibir un nuevo don de Dios para nuestra diócesis: la ordenación presbiteral de dos jóvenes seminaristas. Una larga espera de años precedió a este momento tan particular. Fue el tiempo de la preparación, de la maduración del corazón, los días para reconocer la voz de Dios y los talentos recibidos, para dejarse interpelar por el Señor que llamaba sin prescindir de la fragilidad, para hacerse conscientes de las propias dificultades y dudas y las de quienes en nombre de la Iglesia ayudaban a formar el corazón del pastor, una tarea que no concluirán nunca…

Por eso estamos felices, porque hemos venido a acompañar a Pablo y a Emmanuel que han recorrido este camino con Jesús, el buen Pastor, que los ha puesto sobre sus hombros y nunca los ha abandonado. Queremos estar con ellos en esta Eucaristía en que se entregan con todo el corazón y con toda el alma, al Señor y a su Iglesia, para pedir que sean siempre testigos fieles y fecundos de un amor que no falla.

  1. “Pongo mis palabras en tu boca.” (Primera lectura: Jeremías 1, 4-9)

El profeta Jeremías nos presenta su vocación como un encuentro con la voz de Dios que lo llama a seguirlo donde Él le indique y a testimoniarlo con las palabras que el mismo Señor pondrá en su boca.

Podemos imaginar la emoción interior del profeta compartiendo esta llamada, su escucha atenta a Dios lo que convoca a tomar parte de su obra, a sentirse invitado a una misión apasionante y difícil a la vez. Ni la juventud, ni la fragilidad, ni la magnitud de la tarea pueden desalentar la obra del Señor que siempre acompaña y que nunca se deja ganar en fidelidad.

Como enseña el Papa Francisco, todos estamos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él, entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo.” (EG, 121)

La conciencia de actuar en su nombre y de hacer propias sus palabras para entregarlas a los hermanos, fortalece la identidad del profeta y asegura su eficacia. No es un mensajero de sí mismo ni de sus vanidades. Es testigo de una verdad que lo alcanza y abraza, que lo lleva a darla a los hermanos a quienes quiere bien, a quienes sólo puede comunicarles ese don tan valioso que viene de Dios.

Como sacerdotes, llevarán la verdad del Evangelio que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad. Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad —no negociable—, su Misericordia —incondicional con todos los pecadores— y su Alegría —íntima e inclusiva—. Verdad, misericordia y alegría: las tres juntas. Nunca la verdad de la Buena Noticia podrá ser sólo una verdad abstracta, de esas que no terminan de encarnarse en la vida de las personas porque se sienten más cómodas en la letra impresa de los libros. Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso. Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: La alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, la alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar.” (Francisco, Homilía Misa Crismal 2017)

  1. “El que tenga el ministerio, que sirva” (Segunda Lectura: Romanos 12,4-8) 

Al señalar que en la comunidad convergen distintos servicios y dones para bien de la misión que le ha sido confiada, la Carta a los Romanos nos enseña que la riqueza de la diferencia es oportunidad para dar fruto abundante y para que todos nos sintamos invitados a tomar parte según nuestros carismas y ministerios.

El servicio al que son invitados hoy como presbíteros, queridos Pablo y Emmanuel, es la paternidad espiritual en nombre de Cristo, buen Pastor. Una paternidad que sabe de renuncias generosas y frutos muchas veces escasos que no se verán sino con la profundidad de la mirada del corazón creyente.

“El deseo de la paternidad está registrado en las fibras más profundas de un hombre. Y un presbítero, no es una excepción, aun cuando su deseo esté orientado y vivido de  manera particular. Cuando un hombre no tiene este deseo, algo falta en este hombre, algo ha pasado. Todos nosotros, para ser plenos, para ser maduros, tenemos que sentir la alegría de la paternidad: incluso nosotros los célibes. La paternidad es dar vida a los demás, dar vida, dar vida… Para nosotros, será la paternidad pastoral, la paternidad espiritual: pero es dar vida, convertirse en padres” (Francisco, Homilía Santa Marta, 26-06-2013)

Pido al Señor que puedan Uds. dar mucha vida en sus comunidades, alentar con la frescura del Evangelio, el crecimiento de las personas que Dios les vaya confiando, niños y ancianos, jóvenes y familias. Que sea una paternidad en la que los demás crezcan porque es reflejo de la paternidad de Dios, no el paternalismo que infantiliza y crea dependencia. Que esas mismas comunidades crezcan seguras en quienes las conducen y presiden y a la vez, no tengan dificultad en referirse al Señor, Padre de todos.

Se trata de una gracia que deberán pedir a Dios y merecer del corazón de nuestra gente. No sólo que les digan padre sino que, sobre todo, sientan de Uds. que son para ellos, padres verdaderos, que animan, alientan, consuelan, acompañan… Sin adueñarse, sin controlar, sólo para llevar a Dios, el Padre.

  1. “Conságralos en la Verdad” (Evangelio: Jn. 17,6.14-19)

Me resulta muy grato el Evangelio que Uds. han escogido. Se trata de la página que contiene mi lema episcopal. La búsqueda de Dios como sumo bien, como verdad plena y total, es parte del itinerario permanente de los discípulos que quieren abrazarla para comunicarla a los demás, una verdad que toca el propio corazón y lo ilumina para amar y servir según el proyecto de Dios amor. Por eso es una tarea de toda la vida, una misión al interior del misterio de Dios que más tarde nos lleva a los hermanos para pertenecernos en la comunión.

“Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros. Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero. El amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy exigente. Opone resistencia al mal, para llevar el verdadero bien al hombre. Si nos hacemos uno con Cristo, aprendemos a reconocerlo precisamente en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces nos convertimos en personas que sirven, que reconocen a sus hermanos y hermanas, y en ellos encuentran a Él mismo.” (Benedicto, Homilía en la Misa Crismal, 2009).

Queridos muchachos,

Uds. saben de mi alegría en este día. Como les decía, lo hemos esperado y sabemos que es un don que esperanza a esta Iglesia particular. Que sean bienvenidos por sus hermanos presbíteros como compañeros de camino y de servicio. Les pido que como colaboradores de mi ministerio, me ayuden a testimoniar con nuestros sacerdotes, religiosos y agentes de pastoral, una Iglesia, alegre, en salida, samaritana, siempre a mano de los pequeños, los frágiles y sencillos.

Los encomiendo a la intercesión de Carlos, Gabriel, Wenceslao y Enrique, testigos de la Iglesia riojana que en la comunión de los santos nos acompañan con su ejemplo de fidelidad hasta la entrega de la vida.

Y nuestra Madre, la Virgen, los cuide y proteja para que siempre sean totalmente de Cristo, su Hijo, nuestro Niño Alcalde y buen Pastor.

La Rioja, 14 de julio de 2017

+Marcelo Daniel Colombo, Padre Obispo de La Rioja

 

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